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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Mayo 2015Nº 464

Ecología

Mutualismos entre plantas y animales en las islas

Las características singulares del medio insular propician unas interacciones entre especies distintas a las del continente y más frágiles ante las amenazas del cambio global.

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Las islas siempre han fascinado a los naturalistas, además de a muchos viajeros deseosos por descubrir paisajes espectaculares en los que se mezclan tierra y mar. ¿Por qué esa fascinación? Una de las razones es que, debido a sus circunstancias particulares (origen, aislamiento, historia, orografía, biota), constituyen «laboratorios naturales» en los que pueden constatarse, quizá con mayor facilidad que en el continente, distintos procesos evolutivos. De ahí que, desde las primeras expediciones naturalistas del siglo XVIII, las islas hayan atraído a biogeógrafos, biólogos evolutivos y ecólogos. No es por casualidad que Darwin se inspirara en las Galápagos al desarrollar su teoría de la selección natural, ni tampoco que su compatriota Wallace, considerado padre de la biogeografía (disciplina que estudia la distribución de los seres vivos sobre la Tierra), lo hiciese paralelamente en el archipiélago malayo.

La investigación insular ha promovido la aparición de numerosos conceptos teóricos centrales en distintas disciplinas científicas, como la vulcanología, la biogeografía, la evolución o la ecología. En esta última, muchas de las ideas desarrolladas con respecto a islas «reales» (porciones de tierra rodeadas de agua) son perfectamente aplicables al estudio de las «islas-hábitat» continentales (cimas de montañas, fragmentos de bosque, lagos), y gran parte de los hallazgos obtenidos en las islas pueden aprovecharse para formular hipótesis sobre procesos biológicos generales.

Aquí nos limitaremos a las islas «reales», cuyo número total aún se desconoce, aunque se acerca al millón si consideramos también aquellas que se encuentran en lagos. Solo en Indonesia existen más de 17.000, casi la mitad de las cuales carecen de nombre, y más de 6000 ni siquiera están habitadas. Las islas constituyen un 5 por ciento de la tierra emergida en el planeta. Además, en ellas vive un 10 por ciento de la población humana (600 millones de personas) y se localiza un cuarto de los estados soberanos del mundo.

Las islas, en particular las oceánicas (las que nunca han estado en contacto con masas continentales), albergan también gran parte de la biodiversidad del planeta y muchas de ellas son consideradas puntos calientes (hot spots) de biodiversidad, con una elevada cantidad de endemismos, es decir, especies que solo se hallan allí. Las interacciones que se establecen entre las especies constituyen un componente más de esta biodiversidad. Debido a sus características intrínsecas, los ecosistemas insulares presentan interacciones peculiares, sobre todo relaciones entre plantas y animales que no se hallan en otros lugares y cuyo origen quizá se remonte a varios millones de años. Se trata a menudo de interacciones mutualistas, en las que dos especies (o más) se benefician mutuamente, como las que existen entre las plantas y sus polinizadores o sus dispersores de semillas.

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