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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2004Nº 331

Genética

El nacimiento de la epigenética

El ADN se consideraba hasta hace poco el único depósito de información genética. Pero comienza ya a entreverse, en el interior de los cromosomas, otra capa de información mucho más maleable.

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«El genoma humano ensartado en un chip», se leía en un titular reciente de la portada del New York Times. El artículo comentaba que tres empresas biotecnológicas habían conseguido registrar en un pequeño artefacto del tamaño de una uña la actividad de todos los genes de una muestra de tejido humano. Así se cumplía uno de los objetivos del Proyecto Genoma Humano: identificar genes, es decir, fragmentos de ADN que, transcritos en ARN, se traducen en proteínas.

Cuando se publicó el borrador final de la secuencia del ADN de Homo sapiens en abril de 2003, muchos afirmaron que esa hilera de 3000 millones de bases A, T, G y C encerraba los planos de la vida, el libro de la herencia o el código fuente de las células. Pero, a decir verdad, todas esas metáforas resultan engañosas.

El genoma, la información heredable que contienen los cromosomas y dirige el desarrollo de un organismo, no consiste en un texto estático que se transmite de una generación a la siguiente. Antes bien, se trata de una compleja máquina bioquímica. Opera en un espacio tridimensional y consta de distintos elementos dinámicos que interaccionan.

Los genes codificadores de proteínas constituyen uno más de esos elementos. Sin embargo, pese a representar menos del dos por ciento del ADN total en cada célula humana, el dogma central de la biología molecular los ha venido considerando, en el curso de los cinco últimos decenios, los únicos depósitos de la herencia. De ahí la identificación del genoma con un plano o proyecto.

Ya en los años sesenta, se había descubierto información oculta en otras dos zonas de los cromosomas. Una se encontraba escondida en la región no codificadora del ADN. La otra permanecía fuera de la secuencia de ADN. Pero la ingeniería genética siguió dirigiendo su mirada hacia los genes codificadores y las proteínas, pues estas continuaban siendo las estructuras mejor conocidas.

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