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1 de Febrero de 2017
Astronomía

La formación de los planetas del sistema solar

Nuestros planetas vecinos no se crearon poco a poco, como se pensaba hasta ahora, sino en una energética vorágine de choques, destrucciones y reconstrucciones.

Mundo de metal: El asteroide Psique (representación artística), entre Marte y Júpiter, podría provenir del núcleo de hierro y níquel de un planetesimal. [Cortesía de la Universidad estatal de Arizona y Peter Rubin, Iron Rooster Studios]

En síntesis

Hasta apenas cinco años se pensaba que los astros del sistema solar se habían formado en un proceso lento y constante, desde pequeñas partículas hasta grandes planetas.

El análisis detallado de varios meteoritos ha revelado que, muy al contrario, nuestro sistema planetario surgió tras una sucesión caótica de colisiones y procesos de fusión y reconstrucción.

Para estudiar tales fenómenos, los expertos planean enviar una nave a Psique, un extraño asteroide metálico que tal vez fuese el núcleo de un antiguo planeta incipiente.

Salía de un aula del Instituto de Tecnología de Massachusetts, donde había estado hablando con mis estudiantes sobre los procesos de formación planetaria, cuando me detuvo mi colega Ben Weiss. Experto en magnetismo de rocas espaciales, Weiss estaba muy emocionado: me arrastró por el pasillo hasta su despacho y me mostró nuevos datos sobre una de esas rocas, un meteorito llamado Allende. Aquella información podía cambiar buena parte de lo que creíamos saber sobre el sistema solar.

Corría el año 2009, y ese otoño el equipo de investigación de Weiss había demostrado que Allende (un meteorito que impactó en México en 1969 y generó una enorme bola de fuego, y que contenía algunos de los materiales más antiguos conocidos del sistema solar) presentaba señales de un antiguo campo magnético. Aquello fue toda una sorpresa. Se pensaba que tales campos solo podían originarse en una dinamo constituida por metal líquido muy caliente en el interior de un planeta, del mismo modo que el campo magnético terrestre se debe al hierro líquido que gira en su núcleo. Sin embargo, Allende era un fragmento de planetesimal (un antiguo planeta incipiente) que, creíamos, nunca había alcanzado la temperatura necesaria para fundir el metal de su interior. ¿Cómo pudo calentarse hasta el punto de generar una dinamo magnética?

Mis estudiantes acababan de acribillarme a preguntas sobre los procesos de evolución planetaria, obligándome a reconsiderar algunas nociones comúnmente aceptadas. Así que se dio la casualidad de que tenía el germen de una nueva idea que podía ayudar a responder la pregunta de Weiss. Me acerqué a su pizarra y comencé a esbozarla.

Hacía tiempo que se sabía que los planetesimales fueron ricos en 26Al, un isótopo inestable y de vida corta del aluminio que, al desintegrarse, radia energía nuclear. Tal vez esa energía hubiese calentado el cuerpo progenitor de Allende hasta el punto de fundirlo de dentro afuera. El metal se habría separado de los silicatos y habría formado un núcleo líquido que empezó a girar a medida que lo hacía la roca, creando así una dinamo magnética. Mientras tanto, el frío del espacio rebajó la temperatura exterior del planetesimal, y a esa corteza sin fundir se siguieron añadiendo rocas y polvo procedentes del disco primitivo del sistema solar.

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