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Un trato más humano para los primates

Se propone el acceso libre a los datos para reducir el número de estudios que soportan nuestros parientes más cercanos.

En 2015 los NIH de EE.UU. decidieron cesar la investigación biomédica con chimpancés. Muchos de los que se retiraron fueron enviados a Chimp Haven, en Keithville, Luisiana. [MELANIE STETSON FREEMAN, GETTY IMAGES]

El año pasado, el Congreso de EE.UU. hizo un llamamiento cuando ordenó a los Institutos Nacionales de Salud (NIH) que revisaran sus criterios de supervisión ética de la investigación con primates financiada con fondos públicos. Si bien la comunidad científica considera que los primates son un elemento esencial para los avances en biomedicina (han permitido grandes progresos en la lucha contra el sida y las enfermedades neurológicas como el párkinson, entre otras), admite que puede hacerse más por mejorar el trato que se les dispensa y reducir su uso en las investigaciones [véase «¿Debe investigarse con animales?», por Juan Lerma, en este mismo número]. Con ese fin, los NIH convocaron el pasado septiembre a destacados científicos y expertos en ética para debatir acerca del futuro de la investigación con primates, y coincidieron en que el intercambio de datos es el camino que debe seguirse.

Para dar respuesta a nuevas incógnitas, es posible reducir los experimentos con primates estudiando los datos ya recabados, asegura David O'Connor, patólogo de la Universidad de Wisconsin en Madison. Él ya ha tomado ese camino: su laboratorio estudia el virus del Zika en primates y cuelga de inmediato todos los resultados en Internet. Intenta descubrir modos para combatir el virus con la mayor rapidez posible sin exponer innecesariamente a los animales.

El Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, en Seattle, que emplea macacos de la India para estudiar las bases moleculares del desarrollo cerebral, también hace públicos todos sus resultados. O'Connor afirma que esta práctica debería gozar de mayor difusión para que los estudiosos que emplean este escaso pero vital recurso puedan saber lo máximo posible con el mínimo número de animales. Aun así, no oculta su escepticismo de que el intercambio de datos se ponga de moda, pues ello exigiría un cambio en la arraigada cultura del secretismo que domina la ciencia, donde los datos se guardan bajo siete llaves hasta su publicación en una revista arbitrada por expertos.

Un paso hacia la transparencia total sería seguir el ejemplo de los ensayos clínicos en humanos, explica Christine Grady, especialista en bioética de los NIH. La legislación de Estados Unidos exige a la mayoría de tales ensayos que se registren en línea y que hagan públicos sus resultados, aunque fracasen o sean inconcluyentes. Así se garantiza que, sean cuales sean los resultados, otros aprendan del estudio, una actitud que también podría evitar que los primates fueran destinados a estudiar lo mismo por duplicado.

Nancy Haigwood, directora del Centro Nacional de Oregón para la Investigación con Primates, califica el libre intercambio de datos como «el futuro». Su centro acoge a 4800 primates (macacos, papiones y saimiríes, entre otros) destinados al estudio de las enfermedades humanas. Actualmente vuelca los resultados de su centro en la página web de O'Connor. «No veo ningún inconveniente. Tenemos que compartir los datos más rápido», asegura.

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