El vuelo de los insectos

Los insectos, los primeros animales que desarrollaron el vuelo activo, se mantienen en el aire merced a una combinación de efectos aerodinámicos.
En un tanque de dos toneladas de aceite mineral, un par de alas mecánicas baten sin cesar, empleando unos pausados cinco segundos en ejecutar cada ciclo. Accionadas por seis motores controlados por ordenador, las alas crean en el fluido un movimiento de remolino. Con los millones de burbujas formadas, el tanque parece una gigantesca jarra de cerveza en cuyo seno se agita una mosca mecánica de 60 centímetros de envergadura alar. La escena está iluminada por láminas destellantes de luz láser verde, mientras videocámaras especiales graban las trayectorias de las brillantes y revueltas burbujas. En las alas, unos sensores registran las fuerzas que sobre ellas ejerce el fluido en cada instante.
Nuestro grupo de investigación construyó tan extraña instrumentación en un empeño por explicar la física de uno de los sucesos más corrientes: el vuelo estacionario de una mosca de la fruta. El insecto nada sabe acerca de la aerodinámica de la generación de vórtices, retardo en la pérdida de sustentación, circulación rotacional y captura de estela; se limita a emplear las consecuencias prácticas de todo ello 200 veces por segundo batiendo sus alas. Nuestro simulacro mecánico del insecto, apodado Robomosca, imita el aleteo del invertebrado, pero a una velocidad mil veces menor y a una escala cien veces mayor. Amedrentados por la rapidez y la pequeñez del sujeto real, depositamos nuestras esperanzas en Robomosca para entender la intrincada aerodinámica que permite a los insectos hacer eso que hacen rutinariamente: volar.

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