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1 de Agosto de 2001
Cosmología

La paradoja de la corona solar

Desde hace tiempo los astrónomos andaban desconcertados ante un fenómeno extraño: las tórridas capas más exteriores del Sol reposan sobre una superficie templada. El misterio empieza a resolverse.

El 11 de agosto de 1999 decenas de millones de personas de Asia y Europa fueron testigos de uno de los espectáculos más hermosos de la naturaleza: un eclipse total de sol. Nosotros estuvimos entre ellos. Desde Bulgaria, Phillips observó la ocultación del brillante disco solar tras la oscura y fría Luna, dando paso así al fantástico destello de la corona. Desde la India, Dwivedi hubo de contentarse con el obscurecimiento del disco luminoso del Sol por una capa espesa de nubes. Pero no todo estaba perdido. Por la orilla del Ganges, descendía un gentío entonando cantos que pedían la reaparición de su divinidad solar. Desde Africa, en junio de este año, volvimos a vivir la experiencia, simpar, que nos ofrece una ocasión óptima para el estudio de la corona.
Aunque dé la impresión de que consiste en una esfera uniforme de gas, compendio de la simplicidad, la verdad es que el Sol presenta regiones bien definidas, parangonables con el cuerpo sólido y atmósfera de un planeta. La radiación solar, de la que en última instancia depende la vida en la Tierra, se origina en las reacciones nucleares del profundo interior. La energía se filtra gradualmente hacia el exterior hasta que alcanza la fotosfera, o superficie visible, y escapa al espacio. Por encima de la fotosfera hallamos una atmósfera más tenue, cuya región inferior, la cromosfera, forma, vista durante un eclipse total, una suerte de media luna de color rojo brillante. Más allá reside la corona, de blanco nácar, que se extiende millones de kilómetros. De las regiones extremas de la corona emana el viento solar, la corriente de partículas cargadas que atraviesa el sistema solar.

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