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1 de Junio de 2002
Ecología

Parasitismo y evolución

La bacteria parásita Wolbachia dirige la vida sexual de sus hospedadores; puede que contribuya con ellos a originar nuevas especies.

"No muerdas la mano que te da de comer." El viejo refrán resume cómo se supone que los parásitos deben portarse con sus víctimas. A un parásito que sólo puede diseminarse cuando su hospedador se reproduce no le interesa ser muy dañino: si perjudica demasiado a su benefactor involuntario, sus propias posibilidades de procrearse menguarán. Contrasta con las tácticas de los patógenos que tienen un período corto de infección, como el virus de la gripe. El virus no tiene un interés a largo plazo en el bienestar del portador, de manera que opta por una estrategia de "transmisión rápida" sin tomar en cuenta los perjuicios para el que le hospeda.

La bacteria Wolbachia (emparentada a la bacteria del intestino Escherichia coli), muy difundida, es un inquilino con intereses a largo plazo en su hospedador invertebrado. Vive dentro de las células y se transmite a la generación siguiente invadiendo los huevos del hospedador. Sin embargo, pese al viejo refrán, actúa de varias y radicales maneras contra los que le albergan: mata a la descendencia masculina, convierte a los machos en hembras y vuelve infértiles algunos apareamientos de los hospedadores. Si la reproducción de Wolbachia está tan ligada a la conservación de su despensa, ¿por qué crea tanta destrucción en ella?

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