Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Septiembre de 2017
Neurociencia

La intrincada red de la memoria

Una revolución técnica arroja luz sobre el modo en que el encéfalo conecta los recuerdos, un proceso esencial para entender y organizar el mundo que nos rodea.

ANDREAS KUEHN, GETTY IMAGES (cabeza); GETTY IMAGES (dibujo de red)

En síntesis

El estudio de la memoria ha experimentado una revolución gracias a nuevas técnicas que permiten captar imágenes de neuronas concretas e incluso activarlas o inactivarlas a voluntad. Con ellas, experimentos que hace unos años se consideraban ciencia-ficción son hoy posibles.

Las técnicas al alcance de la neurociencia han mostrado que los recuerdos no se asignan al azar a las neuronas de las regiones encargadas del procesamiento y el almacenamiento de la información, sino que existen mecanismos que deciden qué neuronas asentarán cada recuerdo.

La capacidad del encéfalo para controlar las neuronas que codifican cada recuerdo es crucial para consolidar y conectar los recuerdos, facultades que se deterioran en numerosos trastornos neuropsiquiátricos y en el curso del declive cognitivo que comporta la vejez.

Los recuerdos dependen de nuestra capacidad para rememorar detalles sobre el mundo: la cara de una niña, una oca, un lago. Pero para convertirlos en experiencias reales, el encéfalo debe fusionar esos elementos y crear un todo integrado: la expresión de esa niña al ver cómo de improviso alzan el vuelo las ocas entre los juncos de la orilla de un lago.

Existen también otros factores responsables del sentido de cohesión de la memoria. A lo largo de milenios, nuestra supervivencia ha dependido no solo del recuerdo de la información adecuada (por ejemplo, un león o una serpiente), sino también de su contexto. ¿Nos tropezamos con ese animal en un paraje solitario de la sabana africana o en el curso de una tranquila visita al zoológico?

Para mantenernos alejados de otro tipo de depredadores en nuestra vida cotidiana, también debemos ser capaces de ubicar nuestros recuerdos en el tiempo: ante una inversión que parece tentadora, tendremos en cuenta quién la ha recomendado para decidir si vale la pena (valoraremos si quien nos la ha sugerido es honrado). Si no se logran conectar ambos aspectos, las consecuencias pueden ser desastrosas. La neurociencia está comenzando a lidiar con la forma en que el encéfalo vincula los recuerdos a través del tiempo y el espacio. Hasta ahora, el grueso de los estudios se había centrado en analizar cómo adquirimos, almacenamos y alteramos cada recuerdo. No obstante, la mayoría de los recuerdos no existen como entidades únicas y separadas, sino que un recuerdo evoca el siguiente, de modo que surgen complejas secuencias de recuerdos que nos ayudan a predecir y comprender mejor el mundo que nos rodea. Después de veinte años de investigación en mi laboratorio y en otros centros, empezamos a vislumbrar los principales mecanismos con los que el encéfalo crea esos recuerdos entrelazados. Entender los procesos físicos encargados de entretejerlos no solo aportará más información sobre cómo opera nuestra mente, sino que nos ayudará a prevenir los trastornos de la memoria que alteran nuestra facultad para crear y orquestar ideas.


Un feliz accidente
Cuando a finales de la década de los noventa iniciamos el estudio de las conexiones entre los recuerdos, carecíamos de los conocimientos básicos y las herramientas precisas para abordar el tema. El primer gran paso para determinar cómo se entrelazan las ideas lo dimos cuando descubrimos el concepto denominado asignación de recuerdos: nos percatamos de que el encéfalo se sirve de reglas específicas para asignar retazos de información aprendida a distintos grupos de neuronas ubicados en las regiones que participan en la formación de la memoria. La suerte desempeñó un papel esencial en el descubrimiento de la asignación de los recuerdos. Todo comenzó a raíz de una charla con Michael Davies (amigo y compañero ahora en la Universidad Emory) entablada en el curso de una visita a la Universidad Yale en 1998. Davies compartió conmigo los hallazgos de su laboratorio, en el que habían manipulado el gen CREB para aumentar la memoria emocional de las ratas (la asociación entre un tono y una descarga eléctrica, por ejemplo). Antes, el equipo de mi laboratorio (ahora sito en la Universidad de California en Los Ángeles, UCLA) y otros investigadores habíamos demostrado que dicho genera imprescindible para la formación de la memoria a largo plazo. Para llevar a cabo esa tarea, CREB codifica una proteína que regula la expresión de otros genes necesarios para la memoria. Durante el aprendizaje se crean o refuerzan algunas sinapsis (los nexos de unión que enlazan las neuronas y hacen posible la comunicación nerviosa) con el fin de facilitar la interacción entre las células. La proteína CREB desempeña la función de arquitecto molecular en este proceso. Sin su concurso, olvidaríamos la mayoría de las experiencias vividas.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

También te puede interesar

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.