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1 de Julio de 2012
Botánica

Unos comensales melindrosos

Los hongos que las orquídeas necesitan para crecer son tan delicados como las propias flores exóticas.
LARRY WEST, MINDEN PICTURES
En la novela El ladrón de orquídeas, la escritora Susan Orlean describe la devoción casi religiosa que estas flores de apariencia exótica inspiran en los coleccionistas. Una razón por la que las orquídeas son tan apreciadas, además de su belleza, es su fragilidad. Aunque crecen en todas las zonas de Estados Unidos y en todos los continentes excepto la Antártida, muchas se hallan en peligro de extinción y sus flores son muy sensibles a los cambios ambientales. Algunas semillas de orquídeas, con apariencia de polvo, germinan solo en la proximidad de ciertos grupos de hongos de las raíces, las micorrizas.
Se sabe poco sobre estos organismos. Tan poco, que muchos de ellos aún no tienen nombre. Crecen en las raíces de las orquídeas, las cuales se sirven de los hongos para obtener los nutrientes que necesitan. Un estudio reciente, de cuatro años de duración, ha arrojado nueva luz sobre los lugares en los que crecen las micorrizas y sobre las condiciones en las que hacen germinar a las orquídeas. Los resultados, publicados en el número online del 24 de enero de Molecular Ecology, ayudarán a los ecólogos a conservar las variedades más raras de orquídeas.
El equipo dirigido por Melissa McCormick, ecóloga del Centro Smithsoniano de Investigación Ambiental de Edgewater, Maryland, plantó y realizó un seguimiento de tres especies de orquídeas estadounidenses, todas ellas presentes al este del país y en peligro de extinción en algunas zonas. El estudio se llevó a cabo en seis lugares: en tres bosques de entre 50 y 70 años de edad, y en tres bosques más viejos, de entre 120 y 150 años. Se seleccionaron parcelas experimentales que se cubrieron con restos de hojarasca, con madera en descomposición o bien se dejaron sin cubrir. En la mitad de las parcelas, se introdujo a continuación el hongo específico que promueve el crecimiento de cada orquídea.
Los investigadores también identificaron los hongos existentes en cada bosque. Debido a que estos organismos carecen de estructuras de fructificación, puede resultar difícil identificarlos; así que optaron por técnicas muy avanzadas, basadas en el análisis del ADN del suelo, para localizar los hongos y determinar su cantidad. Hallaron que los bosques más antiguos presentaban entre cinco y doce veces más micorrizas de orquídeas que los bosques más jóvenes, y que los hongos de los bosques más antiguos mostraban una mayor diversidad.
Cada orquídea presentaba unos requisitos de crecimiento diferentes. En el caso de Goodyera pubescens (en la foto, su tallo florífero), solo los bosques más antiguos albergaban suficiente cantidad de hongo para permitir la floración. El mero hecho de añadir el hongo al suelo en los bosques más jóvenes, solo o con madera en descomposición, no hizo germinar las semillas de Goodyera. La micorriza que favorece el crecimiento de Tipularia discolor, orquídea con numerosas flores pequeñas, de color violáceo y amarillentas en el centro, era abundante en los bosques más antiguos y en los jóvenes, pero solo permitía la germinación cuando había madera en descomposición. El hongo asociado a Liparis liliifolia no era frecuente en los bosques, pero la orquídea germinaba si se añadía el hongo al terreno.
Los planes para la conservación de las orquídeas no suelen tener en cuenta los requisitos relativos a la presencia o abundancia de los hongos de estas plantas, simplemente debido a la ausencia de técnicas y conocimientos necesarios para identificarlos. McCormick confía en que se sigan investigando este tipo de técnicas para determinar mejor las condiciones ambientales que afectan a los hongos.

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