Trofismo póstumo en el océano

En las profundidades marinas, los cadáveres de los mayores mamíferos dan vida a ecosistemas únicos.
CORTESIA DE MBARI
En una expedición rutinaria en 1987, a bordo del submarino Alvin, los oceanógrafos cartografiaban el fondo marino de la cuenca de Santa Catalina, aguas adentro de la costa sur de California, donde el fondo es típicamente yermo y pobre en nutrientes. Durante la última inmersión de la campaña, el sónar de barrido detectó un objeto prominente sobre el lecho marino. Al iluminar la oscuridad abisal a 1240 metros de profundidad, los faros delanteros del Alvin revelaron, semienterrado en el sedimento, el esqueleto de una ballena de 20 metros de longitud. Cuando el jefe de la expedición, Craig Smith, y su equipo revisaron las grabaciones de vídeo, comprobaron que el esqueleto pertenecía a un rorcual, probablemente azul o común. El animal parecía llevar muerto varios años, pero los huesos y sus alrededores bullían de vida: gusanos serpenteantes, bivalvos de apenas un centímetro, pequeños caracoles y lapas, y mosaicos de blancos tapetes bacterianos. El esqueleto semejaba un opulento oasis de vida en el vasto desierto.
Casi un año después, Smith, oceanógrafo de la Universidad de Hawai en Manoa, regresó al lugar del esqueleto para realizar un estudio más detallado. Su equipo describió varias especies hasta entonces desconocidas, además de algunas otras catalogadas sólo en ambientes inusitados, como las surgencias o humeros hidrotermales de las profundidades marinas.

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