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Surcos dejados por el arrastre de fondo en el Golfo de México. [CORTESÍA DE LA NASA. IMAGEN CREADA POR JESSE ALLEN CON DATOS OBTENIDOS POR LA GLOBAL LAND COVER FACILITY DE LA UNIVERSIDAD DE MARYLAND]

Los barcos de pesca han arrastrado las redes por el fondo marino en busca de peces y crustáceos bentónicos desde la Edad Media. En los últimos decenios, las flotas pesqueras a motor calan redes cada vez mayores en zonas más profundas y más alejadas de la costa, con el apoyo de las subvenciones oficiales. El valor declarado de las capturas en aguas internacionales durante 2010 supera los 600 millones de dólares.

A fin de comprobar la transformación del lecho marino provocada por el arrastre de fondo, un equipo dirigido por Antonio Pusceddu, de la Universidad Politécnica de las Marcas de Ancona (Italia), tomó muestras de sedimento marino en zonas explotadas e intactas frente a la costa nordeste de España, entre 500 y 2000 metros de profundidad. Los investigadores (entre ellos Jacobo Martín, Pere Puig y Albert Palanques, del Instituto de Ciencias del Mar del CSIC en Barcelona, y Pere Masqué, del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona) contabilizaron el número de especies y de especímenes presentes en las muestras y cuantificaron el contenido de carbono del sedimento.

El recuento final resultó desalentador: el arrastre de fondo ha reducido la biodiversidad un 50 por ciento y la materia orgánica un 52 por ciento respecto a los lugares sin explotar. Asimismo, ha ralentizado el ciclo del carbono un 37 por ciento. El carbono extraviado no permanece fijo en el lecho marino y acaba acidificando el agua o disuelto en la atmósfera. Las conclusiones se publicaron el pasado junio en Proceedings of the National Academy of Sciences USA.

A pesar de las imágenes transmitidas por los sumergibles de un fantasmagórico polvo blanco depositado sobre el fondo arenoso, Pusceddu asegura que los abismos marinos no son desiertos. Tal vez no alberguen corales fabulosos ni escarpadas montañas submarinas pero acogen formas de vida tan diminutas como necesarias. Algunas constituyen el sustento de las gambas, que son la captura más codiciada por los arrastreros en la zona de estudio, mientras que otras mantienen el carbono fijado en el fondo marino.

Los peces bentónicos de las aguas británicas capturan cada año una cantidad de dióxido de carbono equivalente a un millón de toneladas métricas, según un estudio publicado en junio en Proceedings of the Royal Society B. Si ese proceso de fijación biológica se mantuviera intacto podría ayudar a los países a compensar las emisiones de carbono, afirman los autores.

La mejora de la gestión es apremiante: la creciente potencia de los arrastreros les permite faenar en aguas cada vez más profundas, las prospecciones petrolíferas están alcanzando profundidades abisales y Papúa Nueva Guinea acaba de firmar el primer acuerdo comercial de minería submarina. Además, otras investigaciones confirman que la fauna abisal tiene una gran longevidad y se recupera con suma lentitud de los estragos del arrastre de fondo. La Unión Europea podría dar el primer paso. El recién electo Parlamento Europeo está revisando el proyecto de ley para limitar la envergadura del arrastre a gran profundidad. Elliott Norse, director científico del Instituto de Conservación Marina de Seattle, afirma que los últimos datos hacen patente a los órganos de decisión la necesidad de reducir el impacto ambiental de la pesca.

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