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1 de Septiembre de 2014
Tecnología

La era de la informática universal

Un mundo repleto de sensores interconectados cambiará nuestra forma de ver, oír, pensar y vivir.

MIRKO ILIĆ

En síntesis

El mundo moderno está repleto de sensores electrónicos conectados en redes. Sin embargo, sus datos no se comparten. Si todo dispositivo conectado a una red pudiese acceder a esos datos, entraríamos en la era de la «informática universal».

Aunque es imposible predecir con exactitud la manera en que la informática universal cambiará nuestras vidas, cabe la posibilidad de que las redes de sensores integradas en el entorno funcionen como extensiones del sistema nervioso humano.

Conjugadas con dispositivos ponibles, las redes de sensores permitirían hacer viajes virtuales a lugares lejanos y «estar allí» en tiempo real. Todo ello acarrearía profundas consecuencias sobre nuestras nociones de privacidad y presencia física.

Le proponemos un divertido experimento: cuente los sensores electrónicos presentes a su alrededor. En su ordenador hay cámaras y micrófonos. En su teléfono, sensores GPS y giróscopos. El medidor de su estado físico dispone de acelerómetros. Y, si trabaja en un edificio de oficinas moderno o vive en una casa reformada hace poco, se hallará rodeado de sensores de movimiento, temperatura y humedad.

Tal abundancia se debe a que la mayoría de estos dispositivos han evolucionado según la ley de Moore: su tamaño y coste se han reducido a medida que aumentaban sus prestaciones. Hace algunas décadas, los giróscopos y los acelerómetros que hoy incorporan todos los teléfonos inteligentes eran caros, voluminosos y su uso se limitaba a aplicaciones como naves espaciales y sistemas de teledirección de misiles. Al mismo tiempo, han estallado las conexiones en red. Gracias al progreso en el diseño de dispositivos microelectrónicos, en el aprovechamiento de la energía y en el control del espectro electromagnético, un microchip de menos de un dólar puede hoy conectar un conjunto de sensores con una red de comunicaciones inalámbrica de baja potencia.

La cantidad de información que genera todo ello reviste proporciones asombrosas, casi inimaginables. No obstante, la mayoría de los datos son inaccesibles. Hoy por hoy, toda esa información permanece «almacenada»: cada conjunto de datos queda a disposición de un único dispositivo y solo puede usarse para un fin específico, como el control de un termostato o el seguimiento del número de pasos que se dan en un día.

Si se eliminase ese riguroso estancamiento de datos, la informática y las comunicaciones cambiarían de forma drástica. Una vez que dispongamos de protocolos que permitan el intercambio de información entre dispositivos y aplicaciones —ya existen varios aspirantes—, los sensores presentes en cualquier lugar serán accesibles a todas ellas. Cuando eso suceda, entraremos en la tan anunciada era de la informática universal, que Mark Weiser vaticinó desde estas mismas páginas hace un cuarto de siglo [véase «El ordenador del siglo XXI», por Mark Weiser; Investigación y Ciencia, noviembre de 1991].

No creemos que la transición hacia la informática universal vaya a ocurrir de manera gradual. Sospechamos que llegará como un cambio de fase revolucionario muy similar a la llegada de la Malla Máxima Mundial (World Wide Web). Los inicios de esta evolución ya se manifiestan en algunas aplicaciones para teléfonos inteligentes, como Google Maps y Twitter, así como en las grandes empresas que han surgido a su calor. No obstante, la verdadera innovación se disparará cuando los dispositivos puedan acceder libremente a los datos de sensores universales. La siguiente oleada de empresas tecnológicas valoradas en miles de millones de dólares serán agregadores de contexto, que recopilarán la información de los sensores que nos rodean en una nueva generación de aplicaciones.

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