Organización política y social en Teotihuacán

Envuelta en misterio durante largo tiempo, la antigua cultura de la ciudad de los dioses comienza a desvelar sus secretos.

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En síntesis

Los arqueólogos llevan décadas intentando desentrañar los misterios de la antigua ciudad mexicana de Teotihuacán. Hasta ahora, las respuestas se han mostrado esquivas.

Varios descubrimientos recientes han aportado nuevas pruebas sobre la vida que llevaban sus gentes y la extensión de su imperio. Al hacerlo, se ha encendido el debate sobre su sistema político.

Una de las teorías sostiene que Teotihuacán estaba gobernado por un único rey todopoderoso; otra propone que varias familias de élite competían por el control de la ciudad.

En algún momento del siglo XIV, un mexica dirigió por primera vez sus pasos al valle de Teotihuacán. Recién llegados a la región, los mexicas (hoy erróneamente más conocidos como aztecas) integraban un pueblo agresivo y ambicioso procedente del norte que, en poco tiempo, se convirtió en la fuerza dominante del altiplano mexicano. Conquistaron el territorio y se asentaron en la poderosa ciudad de Tenochtitlán, que pronto gobernaría un extenso imperio desde la que hoy es Ciudad de México. Imaginemos a aquel primer destacamento de hombres, audaz e invencible como la superpotencia emergente a la que pertenecían, adentrándose en un territorio verde y exuberante rodeado por suaves colinas. Guerreros que han escuchado las leyendas de las tribus toltecas sobre un lugar en las montañas, a unos 40 kilómetros de su nuevo hogar, en el que una vez habitaron los dioses. Entonces, tras un recodo, su bravuconería se torna en asombro cuando esa morada de los dioses se impone en el horizonte. Ruinas de pirámides de hasta veinte pisos —tan grandes que, en un principio, las confunden con colinas— se alinean a lo largo de una enorme calzada. Por dondequiera que los exploradores miren se extienden templos en ruinas, mercados y reliquias de una civilización largo tiempo extinta y sin nombre, sin escritura y sin historia. Una enorme ciudad antaño gloriosa hasta lo inimaginable y ahora abandonada.

Los mexicas diseñaron Tenochtitlán remedando aquella ciudad fantasma y convirtieron sus ruinas en una suerte de lugar de veraneo para la élite. Bautizaron la antigua avenida como Calzada de los Muertos y llamaron a sus dos grandes monumentos Pirámide del Sol y de la Luna, respectivamente. A la vieja ciudad la llamaron Teotihuacán: el lugar donde nacen los dioses.

Unos dos siglos más tarde, en 1521, los conquistadores españoles derrocaron al Imperio mexica. Durante cientos de años, Teotihuacán se sumió en un lento deterioro. Cuando los arqueólogos comenzaron a tomarse en serio las excavaciones, sabían tan poco como los propios mexicas sobre los constructores de la ciudad. Muchos pensaron que era un asentamiento pequeño, erigido por tribus dispersas que, después, habrían sido absorbidas por invasores. Hoy, sin embargo, los especialistas saben que Teotihuacán fue mucho más antigua e importante de lo que ninguno de los primeros estudiosos llegó a imaginar. Constituyó el corazón de un imperio inmenso, anterior a todas las civilizaciones del altiplano y cuya extensión alcanzó 1200 kilómetros. Una ciudad que rivalizó, y quizás incluso dominó, a los poderosos reinos mayas de las actuales Guatemala y Honduras.

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