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  • Septiembre 2014Nº 456

Sostenibilidad

Reutilización de aguas residuales

El agua de alcantarilla tratada podría convertirse en la fuente más segura y sostenible de agua corriente, si se vence el rechazo social.

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Un soleado día de diciembre visito una reluciente instalación de procesamiento de aguas enclavada en las colinas del norte de San Diego, en California. Protegidos por un feo techo de color crema carente de paredes, los equipos de este enorme laboratorio brillan bajo el cálido sol invernal. Desde cualquier ángulo pueden verse hileras de tubos plateados, bombonas de diversos tamaños y formas, y grandes tanques de metal gris. Cuando mi recorrido por la planta llega a su fin, me proponen una prueba: identificar, a simple vista, el contenido de tres botellas de cristal llenas de líquidos claros que colocan ante mí. La primera presenta un tenue matiz amarillo. La segunda es incolora. La tercera resplandece como un diamante bien cortado.

Completo la tarea con facilidad, identificando el contenido de cada botella, en orden, como agua del grifo, agua procedente de una planta de tratamiento clásica y agua residual doméstica con un alto grado de depuración producida en la instalación. Me asombra no solo el deseo irresistible de beber agua de alcantarilla tratada, sino también el hecho de que esté prohibido. «No se nos permite probarla, ni tampoco que lo hagan los visitantes», comenta Marsi A. Steirer, mi guía y directora adjunta del Departamento de Servicios Públicos de la ciudad de San Diego, que también gestiona la planta.

Esta prohibición podría cambiar pronto. Un proyecto piloto de seis años que supervisó Steirer y que finalizó en 2013 en esta instalación demostró que el agua regenerada no solo es más limpia que el agua potable actual, sino que puede obtenerse con menores costes que con otras opciones, como la desalinización. Para San Diego, el proceso supondría una revolución siempre y cuando los organismos reguladores estatales lo autoricen.

La ciudad importa el 90 por ciento de su agua del río Colorado, al este, y del delta del río Sacramento-San Joaquín, al norte. Sin embargo, ambas fuentes se están secando y el precio del agua importada se duplicará en la próxima década. Mediante la regeneración de los efluentes, San Diego satisfaría el 40 por ciento de sus necesidades hídricas diarias. Además, se pondría fin a los vertidos en el océano de aguas residuales mal procesadas.

Pero afrontémoslo: no todo el mundo está dispuesto a beber agua de alcantarilla tratada. Este «factor de asco» desbarató, a finales de los años noventa del siglo XX, un intento de iniciar un proyecto similar en San Diego, y en 2004 una encuesta reveló que el 63 por ciento de los residentes aún se oponían a la idea de la reutilización. Numerosas propuestas en Australia han corrido la misma suerte, vetadas por asociaciones civiles. Laurence Jones, fundador del grupo australiano «Ciudadanos en contra de beber aguas negras», cuestiona si las aguas procedentes de hospitales, industrias, hogares y mataderos podrán depurarse alguna vez por completo. «Lo que sí sabemos es que los efluentes están contaminados al cien por cien», afirma.

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