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Cuando pedimos el tarro de la mostaza no se nos pasa por la cabeza que la especia pueda ser un sistema de defensa de la naturaleza. Una investigación reciente, sin embargo, ha encontrado que los compuestos que provocan el sabor picante de la mostaza les sirven a las plantas para repeler los insectos.
Un grupo de investigadores de la Universidad Duke, del Instituto Max Planck de Ecología Química, en Jena, y de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign estudió la especie Boechera stricta de la planta de la mostaza. Observaron dos poblaciones de B. stricta en las Montañas Rocosas, una en Montana y otra en Colorado. El sabor de las dos era picante, pero un poco diferente; parecía indicar la presencia de compuestos distintos en cada región. El equipo describió con detalle sus resultados en el número del 31 de agosto de 2012 en la revista Science.

En primer lugar, analizaron en el laboratorio especímenes de las poblaciones de Colorado y Montana. El análisis molecular detectó tres genes, denominados familia BCMA, que codifican una enzima que inicia la producción de los compuestos que proporcionan a cada variedad de mostaza su sabor distintivo. Dependiendo de qué genes BCMA se hallen presentes, la enzima resultante producirá el sabor característico de una planta de Montana o de una de Colorado.

Después, Thomas Mitchell-Olds, de la Universidad Duke, y sus colaboradores plantaron miles de plantas de mostaza de Colorado y de Montana, juntas, en campos de ambos estados. Encontraron que los insectos de Montana se mantenían alejados de las plantas de Montana pero devoraban la variedad de Colorado. Su aversión sugiere que la especia de la mostaza de Montana tiene una formulación específica para repeler los insectos locales. Por lo tanto, es posible que, hace muchas generaciones, una mutación de los genes BCMA crease una familia de plantas cuya especia, la actual de Montana, repelía con tanto éxito los insectos que se hizo común en la población.

En la plantación de Colorado las cosas resultaron ser un poco diferentes. Los insectos tenían allí un paladar menos exigente: devoraron la mostaza local y la foránea con un deleite similar. Tienen que continuar las investigaciones para desentrañar el porqué de esta diferencia, pero podría deberse a que el entorno de Colorado es más competitivo y los ávidos insectos tienen que soportar el malestar causado por la especia si no quieren perecer de inanición.

Un tercer dato experimental añade un matiz a la variación de los genes BCMA en la mostaza. Los investigadores modificaron genéticamente Arabidopsis, una especie estrechamente emparentada con B. stricta, para que expresase los genes BCMA y produjese, bien la variedad de especia de Colorado, bien la de Montana. Cuando los investigadores expusieron a los insectos sus plantas de penetrante sabor de la especie Arabidopsis, descubrieron que la variación en los genes BCMA podía tener sus pros y sus contras. Aunque los compuestos químicos de la especia repelen ciertos insectos y patógenos, aumentan su vulnerabilidad ante otros. Los investigadores esperan entender mejor con un nuevo experimento cómo afectó el compromiso entre lo uno y lo otro a la evolución regional del sabor de B. stricta.

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