Las piezas ausentes del proyecto ITER

En el camino hacia una energía sin límites, el experimento más complejo del mundo se ha topado con varios obstáculos.

CORTESÍA DE LA ORGANIZACIÓN ITER

En síntesis

El reactor de fusión ITER promete convertirse en un hito de la producción de energía limpia e ilimitada. Generará diez veces más energía que la necesaria para alimentarlo.

Pese a tales expectativas, el proyecto se encuentra en apuros. Con un sobrecoste de miles de millones y un retraso de varios años, no se espera que comience a operar antes de 2026.

Las dificultades obedecen a motivos complejos, desde problemas técnicos hasta las disputas burocráticas que conlleva una asociación global de siete grandes participantes.

Los críticos arguyen que ITER se ha convertido en un falso espejismo que acabará recibiendo dinero a expensas de otros proyectos en energías limpias, como la eólica o la solar.

En un día frío y gris de noviembre de 1985, el entonces presidente de EE.UU., Ronald Reagan, aterrizaba en Ginebra para reunirse con el nuevo líder de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. Convencido de que el riesgo de una guerra nuclear entre ambas superpotencias era elevado, Reagan deseaba que ambos países redujeran sus arsenales. Por su parte, Gorbachov también reconocía que la carrera armamentística estaba estrangulando la economía soviética.

El encuentro degeneró con rapidez. Reagan cargó contra el historial de agresiones de la URSS y Gorbachov atacó la Iniciativa de Defensa Estratégica, un ambicioso plan del Gobierno estadounidense para interceptar en pleno vuelo proyectiles nucleares enemigos. Las negociaciones estuvieron a punto de romperse. A las cinco de la madrugada, ambas partes acordaron un comunicado conjunto sin compromisos definidos. Al final, casi a modo de posdata, los líderes incluyeron una vaga mención al compromiso de desarrollar una nueva fuente de energía «para el beneficio de toda la humanidad».

Aquella escueta nota puso en marcha un proyecto que ha terminado convirtiéndose en la que bien podríamos considerar la empresa científica más ambiciosa del siglo XXI: un fárrago tecnológico que, si acaba funcionando como debiera, pondrá punto final a la crisis energética que afronta el planeta.

El proyecto ITER (en su origen, siglas inglesas para Reactor Termonuclear Experimental Internacional) intentará generar energía por medio de los mismos procesos que tienen lugar en el interior del Sol. Producirá unos 500 megavatios, diez veces más que la energía necesaria para ponerlo en funcionamiento, y consumirá casi exclusivamente hidrógeno, el elemento más abundante del universo. El proyecto sentará las bases de una técnica que podría satisfacer la casi insaciable sed de energía que padece nuestro mundo. Los responsables políticos de la Unión Europea y seis países más (EE.UU., Rusia, Japón, China, India y Corea del Sur) se han sumado con entusiasmo a la tarea.

Este artículo incluye

Apuesta de futuro

    • Joaquín Sánchez Sanz

Los retos aún pendientes y el coste de inversión del proyecto ITER deben analizarse desde una perspectiva más amplia.

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