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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 2013Nº 436
Filosofía de la ciencia

Epistemología

¿Puede la ciencia explicarlo todo?

Una buena explicación es aquella que nos permite razonar de manera más eficaz.

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La investigación científica comienza siempre con algunos interrogantes. A menudo nos preguntamos cosas del tipo «¿Cómo evitar la recesión?» o, tal vez, «¿Qué utilidad podríamos darle a esta propiedad que acabamos de descubrir en los superconductores?». También intentamos responder cuestiones como «¿Cuál era la disposición de los continentes hace 1000 millones de años?» o «¿Hay algún elemento estable con un número atómico mayor que 120?». Pero la mayor parte de las principales preguntas que han guiado y guían la investigación científica son diferentes: se centran en un por qué: «¿Por qué las manzanas maduras caen de los árboles pero la Luna no cae del cielo?», «¿Por qué las cenizas pesan más que la madera que hemos quemado?», «¿Por qué heredan los nietos algunos rasgos de sus abuelos, cuando esos rasgos no estaban presentes en los padres?», «¿Por qué un chorro de electrones genera un patrón de interferencias al pasar a través de una doble rendija, si cada electrón pasa solo por una de ellas?».

Mediante el primer tipo de preguntas procuramos mejorar nuestra capacidad de adaptación al entorno, ampliar nuestras posibilidades de acción o de elección. El propósito del segundo tipo de preguntas es averiguar cómo es el mundo que nos rodea, describirlo. Con las de la tercera clase buscamos más bien explicar los hechos, es decir, entenderlos. Por desgracia, no parece que esté demasiado claro en qué consiste eso de «explicar», qué hacemos exactamente con las cosas al entenderlas y, sobre todo, por qué son tan importantes para nosotros los porqués, qué ganamos con ellos que no pudiéramos obtener tan solo con respuestas a las dos primeras clases de preguntas (las prácticas y las descriptivas).

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