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1 de Febrero de 2018
Reseña

Genómica social

La madurez de una ciencia joven.

THE GENOME FACTOR
WHAT THE SOCIAL GENOMICS REVOLUTION REVEALS ABOUT OURSELVES, OUR HISTORY AND THE FUTURE
Dalton Conley y Jason Fletcher
Princeton University Press, 2017

¿En qué medida los nuevos avances en genética arrojan luz sobre nuestro conocimiento de las desigualdades sociales? Cuando los científicos implicados en el Proyecto Genoma Humano anunciaron en 2003 que habían terminado la cartografía genética de nuestra especie, muchos pronosticaron que la secuenciación del ADN transformaría la prevención y el tratamiento de las enfermedades. Hoy nos hallamos muy cerca de poder cambiar dicho genoma. La técnica CRISPR (siglas en inglés de «repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente espaciadas») posibilita la edición de nuestros genes y nos introduce en un mundo desconocido.

Desde los días venturosos de la era victoriana de Francis Galton, primo de Darwin y experto estadístico que acuñó el término eugenesia, la heredabilidad de los rasgos sociales ha constituido un tema tabú para la sociología, pues se temía que desde ahí hubiese un paso muy corto hacia la aceptación gubernamental de la eugenesia. Hasta entonces, el estudio de la herencia venía sirviendo para que agricultores y ganaderos mejoraran sus cosechas o reforzaran la cabaña. La herencia nos guía sobre la rapidez con que cambia en una población un rasgo determinado, como la producción de leche o de huevos, a través de una reproducción selectiva. ¿Para qué estudiar, pues, la herencia, si no es por razones eugenésicas?

Resulta ineludible poner The genome factor ante el espejo de The Bell curve, el libro que Richard Herrnstein y Charles Murray publicaron en 1994 y en el que analizaban la incidencia de la inteligencia en la vida estadounidense y su relación con la raza. Herrnstein y Murray concebían la inteligencia como una entidad unitaria (el «factor G»), hereditaria entre un 40 y un 80 por ciento y mensurable a través de pruebas estandarizadas [véase «Medición de la inteligencia», por Robert J. Sternberg en «Inteligencia viva», colección Temas de IyC, n.o 17, 1999]. Establecieron una alta correlación entre el cociente intelectual (CI) y el nivel socioeconómico. Los sujetos con un elevado CI tendían a conseguir grados académicos superiores, mejores empleos y tenían menor riesgo de caer en conductas delictivas. Por la misma razón, las personas más inteligentes ascendían con mayor facilidad en la escala social, con independencia de su nivel socioeconómico. De ese modo, gracias a la democratización de la educación, la sociedad se estratificaría de acuerdo con la capacidad cognitiva de los sujetos, a diferencia de lo que pasaba décadas antes, en las que se accedía a una clase social más alta gracias a los apellidos, la religión o la casta, pero con independencia de la habilidad cognitiva.

Por su parte, los autores de este libro, investigadores expertos en las implicaciones sociales de la genómica, ponen sordina a la influencia de la genética en la educación superior; de hecho, la mayoría de las democracias occidentales son mosaicos de gentes de diverso origen, algunas con pasado de esclavitud. La igualdad social y legal es también igualdad biológica. Apelar a diferencias genéticas es abrir las compuertas a la discriminación, lo que explica que los sociólogos hayan venido evitando la genética como a la peste. Pero las guerras naturaleza-cultura han caído en desuso. En los últimos años, economistas y sociólogos han domeñado la revolución genómica para dibujar un cuadro más completo de la vida social humana [véase «¿Se halla la cultura en los genes?», por Régis Meyran; Investigación y Ciencia, octubre de 2013].

Los progresos recientes realizados en secuenciación genética en grandes poblaciones plantean numerosas cuestiones. En efecto, casi todos los rasgos psicológicos y conductuales de interés para los científicos sociales son heredables en un 50-60 por ciento, lo que significa que la mitad de la variación que encontramos en una población se hereda, en tanto que el resto se debe a diferencias ambientales. La genómica añade personalización. Tras cartografiar con precisión la incidencia del genoma en el cociente intelectual, la personalidad, el carácter y otros rasgos menores, como la orientación política, diríase que en el genoma se halla el destino de una vida. Y en muchos casos así parece ocurrir; las semejanzas entre gemelos que se han criado en medios completamente distintos abonan esa idea.

El gen, unidad de la herencia, ha dejado de ser una noción vaga en la comunidad científica para convertirse en término de consumo corriente (por una cantidad módica incluso se nos ofrece la secuenciación de nuestra singularidad genética para que podamos saber las enfermedades que nos amenazan). Además de la nutrida cohorte de médicos y biólogos que trabajan en esa línea, se ha ido forjando un grupo de sociólogos, economistas y juristas que han unido sus conocimientos a los de genéticos estadísticos para crear una doctrina sólida sobre la función de los genes en la dinámica social y en las desigualdades entre los ciudadanos.

Ese componente de la revolución genómica rompe con una larga tradición de distanciamiento entre genéticos y sociólogos. A raíz de la publicación en 1871 de The descent of man, centrado en la evolución de la especie humana, se produjeron extrapolaciones que resultaron perjudiciales para la sociedad. Pensemos en Herbert Spencer, quien aplicó la selección natural como metáfora de la sociedad humana. El darwinismo social resultante justificaba la pasividad ante las desigualdades y las patologías sociales. Galton se erigió en adelantado de la eugenesia y el propio Darwin se vio involucrado en un debate sobre si blancos y negros pertenecían a especies distintas.

Parte de la razón del recelo de los sociólogos cuando se trata del examen de la genética y su relación con la conducta humana se basa en que las respuestas obtenidas de la genética son deterministas, lo que pugna con los postulados de la sociología. Además, en la medida en que los genes expliquen un fenómeno social, tal hecho naturaliza las desigualdades en ese punto.

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