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1 de Febrero de 2018
Historia de la ciencia

La tardía prohibición de la cerusa

En el siglo XIX ya no se dudaba de la toxicidad de este pigmento, muy empleado en la pintura de paredes. ¿Por qué, entonces, siguió siendo legal en Europa hasta 1993?

Ya en la Antigüedad, la cerusa se utilizaba en cosmética, tal como demuestra esta vasija de maquillaje con trozos de cerusa hallada en una tumba griega del siglo V antes de nuestra era. [WIKIMEDIA COMMONS/DOMINIO PÚBLICO/BIBI SAINT-POL]

En síntesis

En el siglo XIX, la cerusa, albayalde o blanco de plomo, era el pigmento blanco más utilizado en Europa para la pintura de edificios.

Sin embargo, desde el siglo XVII se sabía que se trataba de un producto nocivo, responsable de una intoxicación que podía llegar a ser muy grave: el saturnismo.

Aunque ya existía un sustitutivo inocuo, el blanco de cinc, se creó un grupo de presión en el seno de la industria de la cerusa. Estaba muy bien organizado y multiplicó las medidas para mantener el producto en el mercado, mientras sembraba la duda sobre la toxicidad del blanco de plomo.

«Vuestra cerusa dista mucho de ser una sal inocua: endurece los huesos, corrompe la sangre. ¿Cómo queréis que no nos afecte cuando sus fluidos se esparcen hasta los cielos? ¡Cuántas personas de treinta años se han vuelto ya ancianos por haber respirado el veneno blanco que va volando por el aire, con el aliento y la palabra!» Así denunciaba el poeta y periodista Clovis Hugues en 1906, en un largo poema titulado L’empoisonné («El envenenado»), los estragos de ese pigmento blanco a base de plomo que en el siglo XIX se había convertido en el compuesto principal de todas las pinturas que cubrían los edificios de una Europa que se iba urbanizando a gran velocidad. El poeta tenía buenas razones para su denuncia, puesto que, por entonces, el producto se había identificado sin lugar a dudas como tóxico.

¿Cómo pudo la cerusa disfrutar de tal indulgencia colectiva? Durante más de dos siglos esta sustancia, así como su fabricación y su uso, dio lugar a miles de páginas de controversias científicas y técnicas, a jornadas enteras de debates parlamentarios, a repetidos intentos de regulación y a una movilización internacional a favor de su prohibición. No obstante, no se logró abolir por completo su uso hasta 1993. Lo que contamos a continuación es la historia de este acomodo colectivo y duradero al veneno. Por desgracia, cualquier parecido con situaciones actuales no es pura coincidencia.

Orígenes y difusión de la cerusa

La cerusa no es un producto como los otros. En el siglo IV a.C., el botánico griego Teofrasto, en su tratado Sobre las piedras, y después en el siglo i, Plinio el Viejo, en su Historia natural, ya describían la receta de su fabricación: cuando se sumergen placas de plomo en vinagre, estas se oxidan y producen escamas de carbonato de plomo (PbCO3) que pueden convertirse fácilmente en un fino polvo blanco. Desde la Antigüedad, este polvo se utilizaba en farmacia y en cosmética para ungüentos, maquillaje y pociones. En el Renacimiento era uno de los productos de exportación de lujo que, junto al vidrio, los espejos y las pieles, aseguraban la dominación comercial de Venecia sobre Europa.

En la Holanda de mediados del siglo XVIII se industrializó su proceso de fabricación, tanto en términos de organización del trabajo como de cantidades producidas. Lo que pronto se llamó el método holandés no era más que un ingenioso perfeccionamiento del método antiguo, con el fin de incrementar el rendimiento y de rentabilizar el espacio ocupado. De esta manera, en Ámsterdam, Róterdam o Utrecht se sustituyeron las placas de plomo por espirales del mismo metal, con lo que se ofrecía una mayor superficie de oxidación. Estas espirales se depositaban en crisoles de barro, y miles de estos pequeños recipientes se colocaban sobre un lecho de estiércol de caballo, cuyo calor templado aceleraba la oxidación del metal. Se dejaban reposar ahí de seis a ocho semanas. La eficacia de este método le aseguró una rápida supremacía. Fue adoptado por la mayor parte de los fabricantes ingleses y franceses desde principios del siglo XIX.

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