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1 de Febrero de 2018
Reseña

Medicina medieval

Ciencia, filosofía y transmisión del conocimiento en la Edad Media.

SUMMA DOCTRINA ET CERTA EXPERIENTIA
STUDI SU MEDICINA E FILOSOFIA PER CHIARA CRISCIANI
Dirigido por Gabriella Zuccolin
Edizioni del Galluzzo, 2017

Este libro en homenaje a Chiara Crisciani constituye una buena excusa para una incursión en el conocimiento actual sobre la ciencia medieval. Se pasa revista a la relación entre medicina y filosofía, la conexión entre temas biológicos e instancias éticas y a problemas de teoría del conocimiento y epistemología. Hay algunas notas complementarias que pudieran considerarse marginales, como el ensayo de Michael MacVaugh, máximo experto en nuestro Arnau de Vilanova, y Nancy Siriasi, historiadora de la medicina renacentista, sobre la arribada de la teoría harveyana de la circulación de la sangre al continente norteamericano en un tiempo en el que no se había institucionalizado todavía la medicina.

Es Crisciani, junto con Danielle Jacquard y Michella Pereira, una de las grandes figuras medievalistas, un ámbito en el que abundan las mujeres. A la italiana la caracteriza su empeño colaborador. Por ceñirme a dos ejemplos, con Jole Agrimi ha compartido el interés en la medicina escolástica medieval, indagada en sus nexos con la filosofía, con especial detenimiento en la valoración de la enfermedad (infirmitas) y la asistencia (caritas). Fruto de esa colaboración fue Edocere médicos, donde exponen cómo, a partir del siglo XIII, apareció en las universidades la nueva figura del médico ilustrado, legitimado por un currículum académico. Allí las autoras documentaban la evolución de la disciplina médica y sus modelos de transmisión en el curso de la Baja Edad Media. Ambas publicaron juntas también Les consilia médicaux, sobre casos y preceptos terapéuticos en situaciones particulares. Con Michela Pereira abordó la tradición de la alquimia latina medieval en L’arte del sole e della luna. Por su parte, Crisciani ha ahondado en la contigüidad y las diferencias entre alquimia y medicina en el Medievo tardío. Singulares han sido su aportación a la llamada medicina de corte, sobre todo del norte de Italia, y la revalorización de los escritos científicos y filosóficos en lengua vulgar.

Epitomiza la fundamentación conceptual de la medicina medieval el aforismo latino ubi desinit physicus, ibi medicus incipit («donde termina el filósofo natural, comienza el médico»), que simboliza la relación de dependencia de la medicina con respecto a la filosofía, entendida esta como ciencia que se ocupa de los principios de la naturaleza. La fuente es el De los sentidos y de lo sentido aristotélico. La subordinación de las ciencias constituye un tema muy vivo en toda la Edad Media; en este caso, la subordinación de la medicina a la filosofía natural, cuyas teorías más generales constituirían los principios (que no se demuestran), el fundamento teórico de doctrinas más determinadas y elaboradas por médicos. En su expresión originaria, que aparece en un florilegio del siglo XIII compilado por el franciscano Johannes de Fonte, presentaba una ligera modificación literal, pero el significado era el mismo. Alberto Magno realizó, en los años 1256-1257, una paráfrasis del De los sentidos y de lo sentido donde expone que los filósofos naturales no deben tratar de la salud y la enfermedad en cuanto tales, sino de sus causas y primeros principios.

Si Aristóteles regía en los principios, en la medicina propiamente dicha se vivía de un galenismo arabizado, aunque sin perder a Hipócrates del horizonte; una figura que al historiador medieval se le ofrece, a la vez, omnipresente y borrosa, cambiante. ¿Qué representa el maestro de Cos para un médico ilustrado que solo conoce una parte ínfima de las obras que portan su nombre? Está, en cambio, familiarizado con Galeno, cuyos tratados, entre los siglos XII y XIV, no han dejado de ser traducidos y en ocasiones retraducidos. Pero, aparte de las tres obras canónicas (Aforismos, Pronósticos y Régimen de las enfermedades agudas), cuya lectura sirvió de apoyo a la enseñanza, antes incluso del período universitario, el manejo de otros títulos hipocráticos era esporádico. Sin embargo, el descubrimiento de un texto como De natura foetus no pasó inadvertido y el mensaje hipocrático cristalizó. El conocimiento indirecto, a través de Galeno y, de forma menos percibida por los médicos medievales, a través de los autores árabes, se hallaba más extendido que la confrontación directa con los propios textos. Bien puede afirmarse que la ciencia medieval gira en torno a los Aforismos de Hipócrates y los Elementos de Euclides [véanse «Hipócrates», por José Alsina; Investigación y Ciencia, enero de 1982, y «Galeno de Pérgamo (ca. 130-200)», por José María López Piñero; Mente y Cerebro, n.o 22, 2007].

Entre los siglos XIII-XV se difundió un nuevo género de literatura médica, el de los consilia. De manera estructurada aparecen ya en los primeros escritos de Taddeo Alderotti (1223-1295). El consilium consta de tres partes: el caso, o descripción más o menos detallada de una patología que hay que curar; una dieta o farmacopea, que permite tratar la enfermedad; y el paciente. Pero había otras formas y tipologías que se relacionaban con otros géneros: recetarios, experimenta, tratados o los regímenes de salud, que transitaban de un discurso de prohibiciones, basado en reglas prescriptivas, a uno de recomendaciones, que dejaba margen a los gustos y deseos del paciente [véase «Materia médica medieval», por José M.a Valderas en «Ciencia medieval», colección Temas de IyC n.o 41, 2005].

Los historiadores suelen individualizar en la obra de Alberto Magno una de las manifestaciones más robustas del pensamiento científico medieval. En él, la biología ocupa un papel central. Fue el autor que más contribuyó en el siglo XIII a la difusión de las tres obras principales de la zoología de Aristóteles: Historia de los animales, Sobre las partes de los animales y Sobre la generación de los animales. En particular, Alberto reflexionó sobre la generación, que interpreta basándose en la observación, la doctrina aristotélica y la medicina de Avicena. Respecto a la generación, Galeno se apartaba de Aristóteles. Alberto buscó conciliar ambas posturas, en lo posible [véase «Alberto Magno, el gran curioso», por Brigit Steib y Roland Popp; Investigación y Ciencia, junio de 2004].

Hay dos puntos fundamentales que deben considerarse en la embriología medieval: el fluido seminal, o principio de la generación, y el proceso de desarrollo, o animación del embrión. Sobre el origen del fluido seminal, Alberto se muestra contrario a la pangénesis (según la cual el fluido vendría generado por todas las partes del cuerpo) y sostiene, en la senda de Aristóteles filtrado a través de Avicena, que tal flujo es el residuo de la cuarta digestión, producida por el calor derivado del corazón. Sabido es que entonces se admitía la existencia de una suerte de fluido seminal femenino. Alberto reduce dicho fluido a la sangre menstrual, negándole la calificación de fluido seminal propiamente dicho, en el sentido riguroso de principio activo y formativo. Ahora bien, aunque Aristóteles sostenga que el fluido liberado por las mujeres durante el coito no sea de origen seminal y no contribuya a la generación, Alberto concede a Galeno que participe en cierta medida en la función coital y el desarrollo embrionario. Alberto rechaza la tesis preformacionista, según la cual el esperma contendría ya un descendiente en miniatura. En lo concerniente a la animación humana, creía que, a diferencia del alma de los animales, de origen natural, se creaba cuando todo el cuerpo estuviera organizado.

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