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1 de Febrero de 2018
Etología

Recolectores de frutos en apuros

La peculiar alimentación de los lémures explicaría en parte su singular biología.

Lémur saltador colirrojo. [STUART WESTMORLAND, GETTY IMAGES]

Los lémures son primates como el ser humano, pero ahí acaba el parecido. Endémicos de Madagascar, la extensa isla situada ante la costa oriental de África, entre sus filas figuran algunos de los únicos miembros del orden que hibernan o que se alimentan predominantemente de hojas y no de frutos. Esa predilección por el follaje podría parecer trivial, si no fuera porque las aves y los murciélagos malgaches consumen también menos frutos que sus homónimos de Asia, África y América. A la vista de que el hábito es compartido por tantos otros animales, el primatólogo Giuseppe Donati, de la Universidad Oxford Brookes, sospecha que los frutos de la isla podrían ocultar alguna peculiaridad.

Junto con otros nutrientes, los frutos suministran las proteínas necesarias para multitud de procesos corporales, desde la formación del tejido muscular hasta el transporte del oxígeno por el torrente sanguíneo. Al medir la cantidad de nitrógeno contenida en los frutos de 62 regiones tropicales de todo el planeta, Donati y su equipo calcularon la cantidad de proteínas que aportan.

Descubrieron así que los del continente americano, Asia y gran parte de África contienen niveles similares de dicho elemento, mientras que los de Madagascar presentan una cuarta o una tercera parte menos. Aun así, los lémures se las ingenian para tomar la misma cantidad que los demás primates, lo cual sugiere que estos singulares animales han hallado el modo de adaptarse a esa fruta de menos calidad. «En Madagascar, los frutos no bastan para satisfacer las necesidades de nitrógeno [de los lémures]», asegura Donati. Además, los árboles de la isla fructifican en momentos impredecibles debido a la gran frecuencia de los ciclones y la escasa fertilidad del suelo, por lo que los lémures podrían haber adoptado esa dieta folívora para compensar. Donati y sus colaboradores publicaron sus resultados el pasado octubre en Scientific Reports.

«Aún es un enigma por qué tantos rasgos de la biología de los lémures son tan peculiares, y la alimentación tiene mucho que decir al respecto», opina Caley Johnson, antropóloga de la Universidad Estatal de Arizona, ajena al estudio. Además, los resultados podrían aclarar por qué las pocas especies de lémures que son frugívoras han adoptado hábitos catemerales: son activas día y noche, tal vez porque precisen dedicar más tiempo a la alimentación. La escasez de sustento hasta podría explicar el motivo por el que algunas hibernan: es mejor dormir durante el invierno que correr el riesgo de morir de inanición.

Como uno de los grupos de primates más amenazados del planeta, los lémures afrontan un trance vital. Si queremos que los esfuerzos de conservación culminen con éxito, será forzoso conservar los bosques que constituyen su despensa.

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