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1 de Febrero de 2018
Conservación

¿Salvará la ingeniería genética a las Galápagos?

En el célebre archipiélago, las especies invasoras están abocando a la extinción a la fauna autóctona. Algunos conservacionistas se preguntan si la manipulación genética podría evitarlo.

Las iguanas marinas de las Galápagos son vulnerables a los gatos silvestres y a otros depredadores invasores. [TUI DE ROY]

En síntesis

Las especies invasoras han causado problemas en las Galápagos desde que los primeros marinos pusieran su pie en ellas siglos atrás. Cientos de plantas, insectos, aves y mamíferos introducidos habitan hoy en el archipiélago, donde desplazan a las especies autóctonas.

La erradicación de los intrusos representa una tarea a menudo cruenta. En la isla de Floreana, un plan contempla esparcir 400 toneladas de raticida para acabar con los roedores invasores. Ello exigirá realojar durante semanas a los animales de compañía y de granja, y tal vez a los niños.

La manipulación genética, mediante la alteración de la herencia sexual de los roedores para que engendren solo machos y sus poblaciones desaparezcan con el tiempo, es tema de debate como alternativa segura al veneno y a las armas de caza. Pero ¿qué riesgos entraña? ¿Será realmente eficaz?

El 25 de septiembre de 1835, en el curso de la escala del HMS Beagle en las Galápagos, Charles Darwin puso pie por primera vez en la entonces llamada isla Charles. Halló en ella una colonia de 200 o 300 almas, casi todos exiliados políticos de la República del Ecuador, deportados tras un golpe de Estado frustrado. Las tierras bajas no le causaron una honda impresión, con su «matorral sin hojas», pero tras caminar seis kilómetros tierra adentro y ascender hasta un mísero poblado situado en las alturas, halló «un frondoso verdor» donde se cultivaban la batata y el banano, además de un grupo de colonos que, «pese a lamentar su pobreza, obtenían sin gran esfuerzo los medios de subsistencia». Eso era así gracias, sobre todo, a las tortugas gigantes que vagaban por las tierras altas de esa y otras islas, cuya abundancia se contaba por decenas de miles. Darwin apuntó, casi como una ocurrencia tardía que «en los bosques hay muchas cabras y cerdos asilvestrados».

En la mañana del 25 de agosto de 2017, Karl Campbell bajó de un bote bimotor que momentos antes había amarrado en el muelle de la humilde isla. Rebautizada como Floreana, hoy habitan en ella 144 personas, la mitad que en la época de Darwin; da la impresión de que nuestro protagonista las conoce a todas. Vestido con una camiseta donde se lee «Island Conservation», saluda primero a Claudio Cruz, al volante del autobús local, con quien intercambia comentarios jocosos. A continuación, agita el brazo a Joselita y Joselito, responsables del punto de control de bioseguridad instalado por el Gobierno ecuatoriano en el muelle. Su trayecto por la única carretera pavimentada de Floreana sigue salpicado de saludos, chanzas y besos en la mejilla.

Extrovertido y sociable, a este australiano de 42 años, que vive en las Galápagos desde hace veinte, le gusta entablar conversación. Pero su trato afable y campechano forma parte de la delicada labor social que ejerce. Campbell es doctor por la Universidad de Queensland con una tesis versada en el control de plagas causadas por vertebrados, y desde 2006 trabaja como especialista en erradicación para Island Conservation. Esta entidad, con sede en Santa Cruz, California, se dedica a la conservación de la biodiversidad y a evitar las extinciones causadas por especies invasoras en islas de todo el planeta. Ese año, la organización se embarcó en la eliminación de las cabras y los burros cimarrones de Floreana. Una década después, Campbell ostenta el cargo de director de proyectos, el más ambicioso de los cuales vuelve a centrarse en esta isla, ya que se propone exterminar hasta la última rata y el último ratón de su superficie.

La Tierra alberga cientos de miles de islas. «Es imposible actuar en todas», lamenta Campbell. En su opinión, las organizaciones conservacionistas tienen la capacidad para desratizar una decena o, a lo sumo, una veintena cada año. Así que, ¿cuáles precisaban esa intervención con más urgencia? «Ante esta tesitura, elaboramos una lista de lugares donde habría que actuar con premura para evitar la desaparición de especies.» Floreana figuraba en cabeza.

«La isla presenta uno de los mayores índices de endemismos de las Galápagos, la tasa más alta de extinciones causadas por especies invasoras y, con mucho, la mayor cantidad de especies en peligro crítico, lo que le otorga la máxima prioridad, no solo en las Galápagos, sino en el mundo entero», explica como parte de un discurso cuyo tono y apremio deja traslucir incontables charlas ante patrocinadores y donantes, periodistas y, probablemente, ante todos y cada uno de los habitantes de Floreana.

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