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1 de Abril de 2013
Reseña

Búsqueda sin término

Reformulando una pregunta sin respuesta.

LA INTELIGENCIA EN LA NATURALEZA. DEL RELOJERO CIEGO AL AJUSTE FINO DEL UNIVERSO. Dirigido por Francisco Rodríguez Valls. Biblioteca Nueva; Madrid, 2012.

«Contéstame a una cosa» —dijo el
ateo—: ¿existe realmente un Dios?»
Y le respondió el Maestro: «Si quieres
que te sea sincero, no tengo respuesta».
Más tarde, los discípulos quisieron
saber por qué no había respondido.
«Porque la pregunta no tenía respuesta»,
dijo el Maestro.
«¿De modo que eres ateo...?»
«Por supuesto que no. El ateo comete
el error de negar algo de lo que no
puede decirse nada.»
Y, después de una pausa, añadió:
«Y el teísta comete el error de afirmarlo».

En su libro Un minuto para el absurdo, Anthony de Mello reflexiona de este modo sobre la posibilidad de saber acerca de la existencia de Dios. A lo largo de milenios el hombre ha intentado acercarse al problema de la existencia divina de forma racional, siempre sin éxito, pues, como dice de Mello por boca del Maestro, no se puede hablar de aquello de lo que no puede decirse nada. O, utilizando las palabras con las que Wittgenstein cerraba su Tractatus logico-philosophicus, «de lo que no se puede hablar se debe guardar silencio».

Sin embargo, pese a estas conclusiones tan categóricas, a las que llegamos una y otra vez, año tras año, seguimos embarcados en esa búsqueda sin límite, cuyo objeto no puede ser encontrado. ¿Es eso malo en sí? No, pero debemos ser conscientes de que es la propia búsqueda lo que tiene sentido, y nada más: en palabras de Francisco Rodríguez Valls en la presentación de La inteligencia en la naturaleza. Del relojero ciego al ajuste fino del universo, «este libro pretende ser uno de los que contribuyan a que ese libro último —límite ideal de una búsqueda sin término— pueda ser redactado». Es obvio que, si la búsqueda no tiene término, ese libro nunca llegará; pero supone una asíntota a la que acercarse cada vez más.

En La inteligencia en la naturaleza una serie de destacados pensadores emprenden, dirigidos por el citado Rodríguez Valls, esa búsqueda de nuevo. Y lo hacen empezando con buen pie, pues son, por un lado, sinceros con sus puntos de partida y, por otro, honestos con sus conclusiones. Todos ellos emprenden la búsqueda de la inteligencia, concepto harto difícil y que recibirá definiciones diferentes por parte de los distintos autores presentes en la obra. La inteligencia que buscan en la naturaleza no se limitará al surgimiento de capacidades intelectuales en los seres vivos y, en particular, en el hombre; indagan también si existe una inteligencia superior, previa, que haya dado lugar a su vez a la naturaleza. Es decir, se analiza cómo surge la inteligencia a partir de la naturaleza y si esta tiene su origen en otro tipo de inteligencia, una Inteligencia que podría escribirse con mayúscula y que, en ciertos momentos, es un sinónimo perfecto de Dios, como el propio texto se encarga de aclarar.

Los presupuestos de los que parte el libro son tres preguntas que el coordinador formuló a cada uno de los autores que contribuyen a la obra: ¿Contiene la naturaleza en su constitución misma o en su evolución indicios de inteligencia? ¿Existe una relación genética entre naturaleza e inteligencia, en el sentido de que la primera ha sido generada por la segunda, o la segunda por la primera, o ambas cosas a la vez, o bien ninguna de ellas? ¿Qué tipo de relación existe entre la inteligencia humana y la que puede ser atribuida a la naturaleza en algún sentido? Las preguntas son complejas, y las respuestas también lo son, como corresponde a temas tan debatidos y de tan amplio espectro. La multitud de significados que se puede atribuir a las palabras «inteligencia» y «naturaleza» también contribuye a que el punto de partida sea difícil, pues ante estas dos palabras muchas personas tienen distintos conceptos en la cabeza aunque crean entender lo mismo, de modo que gran parte de las contribuciones están destinadas a aclarar qué se entiende en cada momento por esos conceptos —en muchas ocasiones no significan lo mismo en un texto o en otro, aunque siempre se explicita cada significado.

La mayoría de los autores son teístas, y así lo reconocen de forma expresa, algo que debemos agradecerles: no tratan en ningún momento de colar de rondón una ideología propia, sino que analizan de veras las preguntas de partida desde diferentes ópticas, y llegan a conclusiones diversas, algo que enriquece la lectura, al no pretender alcanzar una verdad unívoca.

A lo largo del libro encontramos no solo diversas posturas, sino también distintos estilos y contenidos. Entre los estilos tenemos ensayos de corte clásico, otros en forma de diálogo (el de Pedro Jesús Teruel) o reflexiones que parten de situaciones particulares experimentadas en el seno de la vida privada, como le ocurrió a Jorge Úbeda al plantearse la mejor forma de educar a sus hijos. El corte general de los capítulos es de índole filosófica, aunque algunos de ellos toman un cariz más científico, como en los casos de Francisco José Soler Gil, Francisco Rodríguez Valls y, muy particularmente, en el de Javier Montserrat.

En cuanto a los contenidos, mientras algunos artículos se aproximan a temas concretos (la relación de semejanza en el caso de Alfredo Marcos, la neurobiología de la consciencia y de la sensibilidad en el de Javier Montserrat, la moral en el de Jorge Úbeda), otros analizan la obra de autores importantes que guardan relación con el tema del libro, como ocurre con el ensayo de Juan Arana, en que se enfrenta a la conocida obra de Richard Dawkins El relojero ciego, o con el de Santiago Collado, que hace lo propio con la obra de Behe, Dembski, Johnson y demás proponentes de la teoría del diseño inteligente; por su parte, José María Molina debate ciertas ideas de Karl Popper, y Héctor Velázquez Fernández hace otro tanto con la obra de Mariano Artigas. Hay capítulos que se enfrentan no ya a autores, sino a corrientes enteras de pensamiento, como ocurre con Javier Hernández-Pacheco, que revisa cómo se entendía la idea de naturaleza en el romanticismo. Como ya se ha dicho, el tema del libro corresponde a una cuestión debatida durante milenios; así José Luis González Quirós puede entablar diálogo respecto al mismo con Aristóteles, como también hace Alfredo Marcos al principio de su capítulo para continuar con muchos otros autores posteriores al estagirita.

Volviendo a las palabras del Maestro de Anthony de Mello, en La inteligencia en la naturaleza hay ocasiones en que se puede incurrir en la audacia de negar algo de lo que no puede decirse nada, o poseer el arrojo de afirmarlo. Pero en todo momento se reconoce que la pregunta, sencillamente, no tiene respuesta: en palabras de José Domingo Vilaplana Guerrero, que cierra la obra con su capítulo, la pregunta de si es inteligente la naturaleza «se trata de una pregunta vacía, es decir, una pregunta a la que es imposible responder». Quizá precisamente por eso la búsqueda no deba nunca terminar.

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