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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2013Nº 439

Sociobiología

Juegos de caparazones

Como el hombre, los cangrejos ermitaños y otros animales prosperan al aprovecharse de los bienes que otros dejan.

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Una temprana mañana de junio de 1986 me metí en una charca dejada por la bajamar en Long Island ayudándome de una caja vacía de botellas de leche: en cuclillas sobre ella, tiré al agua una concha de caracol vacía y aguardé. Minutos después, un pequeño cangrejo ermitaño se encaminó hacia ella rozando el agua, introdujo las pinzas en su abertura para medir el interior y la giró varias veces para comprobar que no estuviera agujereada. En un abrir y cerrar de ojos, el cangrejo se deshizo de su viejo caparazón e introdujo su vulnerable abdomen en la concha que yo había tirado. Satisfecho con el cambio, se alejó tranquilamente dejando abandonado su antiguo hogar, que se le había quedado pequeño. Al cabo de un rato, otro cangrejo ermitaño descubrió la concha deshabitada y, tras la inspección de rigor, se marchó deprisa con su nueva casa a cuestas. Diez minutos después, un tercer ermitaño encontró la segunda concha abandonada y se apropió de ella una vez se hubo despojado de su pequeño caparazón agujereado.

Tal vez resulte extraño, pero este representó uno de los momentos más felices de mi vida como investigador. Durante casi diez años me había estado preguntando si los cangrejos ermitaños se alojaban en las conchas que habían dejado sus congéneres. Ahora, por fin, tenía la respuesta. Acababa de presenciar un animal recurriendo a lo que los sociólogos y economistas denominan una «cadena de vacantes», un método organizado para intercambiar recursos en el que cada individuo se aprovecha de una posesión abandonada por otro. A pesar de contar con un cerebro y un sistema nervioso sencillos, los cangrejos ermitaños han desarrollado conductas sociales complejas para sacar el máximo partido de las cadenas de vacantes.

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