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Wikimedia Commons/Dominio público

La región septentrional de Alberta alberga arenas bituminosas, un vasto depósito de un petróleo espeso y pesado cuya producción resulta de las más nocivas en cuanto a la emisión de gases de efecto invernadero. En el último decenio, Canadá se ha convertido en el principal proveedor de petróleo importado de los Estados Unidos, por delante de Arabia Saudí. Más de la mitad de ese petróleo proviene de esa reserva, del tamaño del estado de Florida, el único lugar del mundo en el que el crudo se obtiene de minas y no de perforaciones. Si el presidente Barack Obama aprobase la construcción del oleoducto Keystone XL, el flujo hacia los Estados Unidos de petróleo de arenas bituminosas (bitumen) aumentaría.

Obtener más petróleo de Canadá resulta políticamente ventajoso, porque reduce la dependencia de Estados Unidos con respecto a la OPEP. El bitumen, sin embargo, hace pagar un alto precio al ambiente. En comparación con el petróleo árabe tradicional, emite el doble de gases de efecto invernadero por barril, debido a los recursos necesarios para procesarlo. Aunque tiene un rendimiento energético neto positivo, ya que proporciona entre 7 y 10 unidades térmicas británicas (BTU) de energía por cada BTU que se invierte en las arenas bituminosas, el rendimiento es menor que el del petróleo obtenido de forma tradicional. Una vez que se extrae el material, el bitumen requiere grandes cantidades de agua calentada con gas para derretirlo y separarlo de los granos de arena a los que se halla unido. En ese momento, el bitumen sigue siendo demasiado espeso para fluir, por lo que debe manipularse químicamente con calor y presión para convertirlo en petróleo bruto amarillento, gasóleo, combustible para reactores u otros hidrocarburos típicos. También puede diluirse con hidrocarburos ligeros líquidos para transformarlo en «dilbit» («bitumen diluido») de color negro, que puede transportarse por oleoducto hasta los Estados Unidos.

Algunos ambientalistas consideran que la explotación de las arenas petrolíferas podría llevar el calentamiento global a un punto de inflexión desastroso. En un análisis sobre la forma de restringir el calentamiento hasta un máximo de dos grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, la Agencia Internacional de la Energía sugirió que la producción de arenas bituminosas no debería superar los 3,3 millones de barriles al día. Pero la producción aprobada supera hoy los cinco millones de barriles al día, un hecho que según James Hansen, climatólogo de la NASA, está llevando al límite el cambio climático.

Aun así, el verdadero desafío consiste en reducir el uso de todos los combustibles fósiles, no solo del petróleo. Las centrales térmicas de carbón de los Estados Unidos producen diez veces más dióxido de carbono que las arenas petrolíferas de Alberta. Si bien las emisiones de esas centrales han comenzado a disminuir, la Asociación Canadiense de Productores de Petróleo señala que la contaminación de dióxido de carbono procedente de arenas petrolíferas ha aumentado un 36 por ciento desde 2007. Mientras los Estados Unidos sopesan la construcción del oleoducto Keystone XL, el problema de la explotación de las arenas bituminosas se va haciendo cada vez más complicado.

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