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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2013Nº 439

Astrofísica

Púlsares y ondas gravitacionales

Gracias a las señales emitidas por algunas estrellas de neutrones, los astrónomos esperan confirmar pronto una de las predicciones más robustas de la teoría de la relatividad.

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Para Newton, el espacio constituía el escenario inmutable donde se desarrollaban los acontecimientos de un universo en el que el tiempo fluía de manera uniforme. Más de dos siglos después, la teoría de la relatividad de Albert Einstein supuso el abandono de esa visión estática. Hoy sabemos que el espacio puede curvarse y estirarse, y que también el tiempo puede transcurrir más rápido o más despacio. Esta idea pone a nuestra disposición todo tipo de posibilidades para explorar el universo. Los astrónomos confían en que, dentro de poco, será posible estudiar algunos de los fenómenos más violentos del cosmos gracias a la detección de ondas gravitacionales: distorsiones del espaciotiempo que, generadas por cuerpos muy masivos en movimiento acelerado, se propagan por el universo a la velocidad de la luz.

Según la teoría de la gravitación universal de Newton, la fuerza de la gravedad se transmite de manera instantánea a cualquier punto del espacio, sin importar la distancia. Newton jamás imaginó que la gravedad pudiese sufrir perturbaciones que se desplazasen a velocidad finita, como ocurre con las ondas que se generan sobre la superficie de un estanque al arrojar una piedra. A comienzos del siglo XX, sin embargo, algunos físicos comenzaron a considerar ideas de este tipo. Henri Poincaré, por ejemplo, trató de explicar la precesión del perihelio de Mercurio (la continua rotación de los ejes de la órbita del planeta sobre su propio plano) mediante «ondas de aceleración». Sin embargo, el primero en proporcionar una descripción satisfactoria de las ondas gravitacionales fue Albert Einstein, en el marco de su teoría de la relatividad general. Einstein también se percató de que dichas ondas no guardaban ninguna relación con el desplazamiento del perihelio de Mercurio. En su lugar, el fenómeno obedecía a otra de las consecuencias de su teoría: la curvatura del espaciotiempo inducida en las proximidades del Sol.

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