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THOMAS FUCHS

¿Cuántos ingenieros hacen falta para cambiar una bombilla?

La pregunta no es un chiste para la NASA, que está invirtiendo 11,4 millones de dólares para cambiar los viejos fluorescentes del segmento estadounidense en órbita de la Estación Espacial Internacional. Cuando la NASA empezó a pensar en remplazar las luces, los médicos se dieron cuenta de que tenían la oportunidad de abordar un problema totalmente distinto: el insomnio de los astronautas.

La confusión causada por la falta de sueño es una molestia en la Tierra, pero resulta peligrosa en el espacio. Aunque su horario permite ocho horas y media de sueño al día, los astronautas apenas duermen seis horas de media, afirma Smith Johnston, oficial médico y cirujano de vuelo de la NASA. La combinación de flotación, ruido, temperatura variable, mala circulación del aire, dolores de espalda y de cabeza, y un nuevo amanecer cada noventa minutos confunde los ritmos circadianos. La agencia espacial estadounidense espera solucionar al menos parte del problema con unas nuevas lámparas.

Los especialistas en sueño han descubierto que, cuando unos receptores de luz específicos en nuestros ojos se exponen a una determinada longitud de onda de luz azul, nos sentimos más alerta porque el cerebro inhibe la melatonina, una hormona clave en la regulación del sueño. En cambio, la luz de la zona roja del espectro permite su circulación.

Las nuevas lámparas, fabricadas por Boeing, se componen de un arcoíris de más de cien bombillas LED atenuadas por un difusor, de modo que parecen un único panel de luz blanca, explica Debbie Sharp, directiva de Boeing. Las lámparas tienen tres modos de funcionamiento, cada uno con una tonalidad ligeramente distinta: la luz blanca es para la visión general, una luz más fría, con un tono azul, promueve el estado de alerta, y una luz más cálida y rojiza favorece la somnolencia. Boeing y sus subcontratistas esperan entregar 20 lámparas en 2015.

Mientras tanto, científicos de instituciones como la Escuela de Medicina de Harvard y la Universidad Thomas Jefferson están comprobando la eficacia de las lámparas.

Algún día, la tecnología podría extenderse también a la Tierra, quizá para la iluminación de hospitales, submarinos nucleares, fábricas o aulas escolares. «El simple hecho de que llevemos años utilizando luces fluorescentes no significa que sea la mejor opción», afirma Elizabeth Klerman, colaboradora del estudio de Harvard.

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