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1 de Abril de 2013
Evolución humana

Una historia intrincada

Nuevos descubrimientos de fósiles complican aún más la identificación de nuestros antepasados más remotos.

Wikimedia Commons/Gerbil/CC BY-SA 3.0

En síntesis

Los paleoantropólogos han sostenido durante mucho tiempo que los humanos descendemos de un antepasado con apariencia de chimpancé y que los primeros fósiles humanos pertenecían a una misma línea evolutiva. Según esta idea, solo más tarde aparecieron en nuestro árbol múltiples ramas evolutivas imbricadas, entre ellas nuestra especie, la única que sobrevivió hasta la actualidad.

Hallazgos recientes de fósiles han dado un vuelco a esa perspectiva, al aportar pruebas de que el último antepasado común de humanos y chimpancés no se asemejaría a estos últimos y de que nuestros primeros ancestros no estaban solos en África.

Los fósiles están obligando a reconsiderar los rasgos que permiten reconocer si una especie pertenece a la línea evolutiva que dio lugar a la especie humana; también hacen cuestionar si se podrá algún día identificar ese último antepasado común.

De lejos, tal vez la habríamos confundido con un humano. Aunque solo alcanzaba un metro de estatura y tenía brazos largos y una cabeza pequeña, caminaba con dos piernas. Quizá con poca elegancia, pero se desplazaba como lo hacemos nosotros y de modo diferente al resto de los mamíferos vivos. Ese extraño pariente nuestro era Lucy, un miembro de la especie Australopithecus afarensis, que vivió hace unos 3,2 millones de años. Se la considera una de las especies más antiguas en la línea evolutiva que dio lugar a la nuestra, Homo sapiens.

Cuando Lucy fue descubierta, en 1974, los indicios sobre su locomoción bípeda le garantizaban un lugar en el árbol genealógico humano. Aunque había pruebas de la coexistencia posterior de diferentes líneas evolutivas, los primeros episodios de la evolución humana parecían bastante simples. Se pensó, por tanto, que Lucy y otros antepasados bípedos descubiertos más tarde pertenecían a un único linaje. Los hallazgos hacían suponer que la evolución humana se había producido como un progreso unilineal en el que se pasó de una locomoción sobre los nudillos (knuckle-walking), semejante a la del chimpancé, a nuestra locomoción erguida. Tal hipótesis se impuso en la paleoantropología a lo largo del siglo pasado. Pero a medida que se ha indagado en tiempos más remotos, se ha puesto de manifiesto que nuestros orígenes resultan más complejos de lo que sugería esa icónica imagen.

Dos descubrimientos recientes han hecho añicos la noción que se tenía sobre el origen de los humanos: el primero corresponde a un esqueleto completo de hace 4,4 millones de años; el segundo, a los escasos restos fósiles de un pie de 3,4 millones de años. Los fósiles recién descritos indican que nuestro árbol evolutivo resulta intrincado y que nuestra forma singular de locomoción bípeda habría aparecido en más de una ocasión y no siempre de la misma manera, incluso en especies que no fueron antepasadas directas nuestras. Debido a esos hallazgos, los expertos están reconsiderando qué rasgos permiten reconocer a una especie como ascendiente nuestra, qué recorrido siguió la evolución humana y si existe alguna forma de identificar con fiabilidad el último antepasado común de humanos y chimpancés.

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