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1 de Septiembre de 2019
Paleontología

¿Cuándo empezaron a desplazarse los animales?

Los fósiles clarifican sus primeros movimientos deliberados.

Fósil del género dickinsonia datado en entre 541 y 571 millones de años de antigüedad. [GILBERT S. GRANT, SCIENCE SOURCE]

Hace unos 550 millones de años, los animales estaban relegados a los mares. Microbios y organismos pluricelulares simples cubrían la mayor parte del lecho marino, donde formaban una alfombra orgánica parecida a las capas de algas de los estanques. Por encima de ellos, se podían encontrar animales más grandes, como Dickinsonia, un género sorprendente con formas que recuerdan a platos llanos, alfombrillas de baño y monedas aplastadas.

Desde hace tiempo, los científicos especulan sobre cómo era la vida en la Tierra hace 500 millones de años, durante el período Ediacárico, y siguen encontrando más pistas con cierta asiduidad. Un estudio publicado en línea en el número de junio de Geobiology afirma que Dickinsonia pudo haber sido uno de los primeros animales complejos que se movían por sí mismos en busca de alimento. Según los expertos, este hallazgo podría ayudarnos a comprender mejor la evolución de los animales [véase «El auge de los animales», por Rachel A. Wood; Investigación y Ciencia, agosto de 2019].

Desde que Dickinsonia fue descrita por primera vez, durante la década de 1940, los científicos han debatido sobre qué tipo de organismo era realmente. «Se lo ha identificado con muy diversos organismos, desde un liquen hasta un gusano», explica Scott Evans, paleontólogo de la Universidad de California en Riverside y uno de los autores del estudio. «Hace poco hemos demostrado definitivamente que era un animal.» Basándose en las pruebas fósiles, los científicos creen que Dickinsonia poseía un cuerpo blando y ovalado, con múltiples secciones corporales y una superficie superior estriada. Su parte anterior y posterior eran diferentes y podía crecer hasta un metro de longitud, pero solo unos pocos milímetros de grosor.

Evans y otros investigadores de su universidad y del Museo de Australia Meridional, en Adelaida, analizaron unos 1500 fósiles de Dickinsonia para averiguar si estos animales podían moverse por sí mismos. «Durante un tiempo se especuló sobre si eran móviles» debido a las pistas aportadas por el registro fósil, comenta Evans, «pero queríamos examinar las diferentes características de Dickinsonia para ver si podíamos descartar otras explicaciones posibles diferentes de la movilidad».

El registro incluye tanto fósiles del cuerpo como «pistas fósiles» (huellas de todo tipo) que dejaban atrás estos animales, y demuestra que en efecto eran móviles. Sin embargo, algunos científicos argumentaban que las corrientes de los océanos antiguos pudieron haber levantado y desplazado a estas criaturas. Otros sostenían que las pistas fósiles pudieron haberse formado a partir de especímenes que se habrían descompuesto y que luego fueron destruidos al ser enterrados por los sedimentos.

Pero Evans y su equipo averiguaron que Dickinsonia podía, de hecho, haberse desplazado por sí mismo: puede que decenas de metros o más durante su vida. El registro fósil muestra que estos organismos se movieron siguiendo direcciones diferentes, y, según Evans, si las corrientes oceánicas fueran las responsables de ese movimiento, todos habrían ido en la misma dirección. Tanto los fósiles corporales como las pistas fósiles revelan trayectos específicos dejados por Dickinsonia. Si estos hubieran sido dejados por animales descompuestos, «esperaríamos que fueran aleatorios unos respecto a otros», explica Evans. «Y el hecho de que estemos viendo caminos (para un único individuo) en una dirección preferencial, sugiere que se trata de un organismo que se propulsa por sí mismo y se mueve en una dirección relacionada con su biología interna.»

Los datos indican que Dickinsonia se nutría en un punto de la alfombra orgánica del lecho marino, y luego buscaba una nueva fuente de alimento; es posible que lo hiciera en escalas de tiempo relativamente cortas, durante horas o días. Algunos científicos han propuesto que estos animales se movían expandiendo y contrayendo el cuerpo mediante el empleo de músculos, y los análisis más nuevos apoyan esta idea. Evans señala que, aunque se han descubierto pruebas de la existencia de un movimiento autodirigido en animales anteriores a Dickinsonia, seguramente eran de menor tamaño y viajaban distancias más cortas. Y añade que «esta es la primera vez que vemos a un animal que se desplazaba hacia un nuevo lugar para alimentarse».

Otros investigadores creen que estos hallazgos ayudan a resolver en parte el debate creado sobre Dickinsonia y contribuyen a aclarar la imagen de la historia de la vida sobre la Tierra. «Eliminaron de un plumazo todas las demás hipótesis» sobre si Dickinsonia se movía o no, apunta Jakob Vinther, paleobiólogo de la Universidad de Bristol ajeno al estudio. «Esto nos marca el camino que debemos seguir para comprender qué nos cuenta este fósil sobre los primeros animales y su evolución», cree la paleontóloga y matemática Renee Hoekzema, de la Universidad de Copenhague. «Contra todo pronóstico, estamos empezando a resolver cuestiones fundamentales sobre la naturaleza de la enigmática biota ediacárica, y gracias a ello sabemos más sobre la evolución de la vida compleja», comenta Hoekzema, quien tampoco participó en el estudio.

Aunque Dickinsonia no se parece a ningún ser vivo actual, sí que existen algunos paralelismos entre la vida animal moderna y la de criaturas arcaicas como estas. «Estamos viendo las primeras etapas del desarrollo de comportamientos complejos de movilidad y diferentes modos de alimentación», explica Evans. «Estas comunidades animales halladas en los primeros estratos del registro fósil son casi tan complejas como las actuales.» Puede que, después de todo, la vida en la Tierra ancestral no fuera tan extraña.

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