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1 de Agosto de 2015
Comportamiento animal

¿Alguien me escucha?

Los delfines chasquean con fuerza para ser oídos entre el rumor de las embarcaciones, con el consiguiente gasto energético.

THOMAS FUCHS

¡Clic! Clic-clic-clic-clic. Buffff. ¡Cliiiiiiiiic! Un delfín mular intenta comunicarse con colegas cercanos, pero nadie oye su llamada. Hay demasiadas embarcaciones en el agua, y el ruido resulta ensordecedor. Si quieren ser oídos entre tanto alboroto, las ballenas y los delfines han de alzar el volumen de la voz, cosa que consiguen modificando la frecuencia, la amplitud o la duración de las vocalizaciones o, sencillamente, repitiendo una y otra vez las llamadas.

Por desgracia, esa alteración acústica mina su salud. Marla M. Holt, bióloga de la Administración Nacional de la Atmósfera y el Océano, y sus colaboradores lo comprobaron al estudiar un par de delfines mulares del laboratorio marino Joseph M. Long, de la Universidad de California en Santa Cruz. La pareja fue adiestrada para emitir una vocalización de bajo tono y amplitud, así como una llamada de alta amplitud, diez decibelios más potente. Los investigadores analizaron el consumo de oxígeno de los delfines en el curso de las dos llamadas y verificaron que los chasquidos más potentes requerían más oxígeno.

El equipo combinó esos hallazgos con los datos de delfines en libertad para calcular el número de calorías adicionales que deberían ingerir para compensar el esfuerzo invertido en las llamadas. Los cálculos demuestran que los animales necesitan dos calorías más por cada dos minutos de charla a viva voz para ser oídos por encima del rumor de los buques. Este coste metabólico puede parecer pequeño, pero se acumula con el tiempo. «Para sobrevivir y procrear, uno tiene que estar seguro de que dispondrá cada día de las calorías necesarias para sustentar esas actividades», explica Holt. Y los animales que viven en entornos ruidosos donde el alimento escasea y que dependen del sonido para la comunicación, la caza y la reproducción tal vez no hallen el pescado suficiente para compensar la diferencia. El riesgo para la salud es aún más grave en el caso de los individuos juveniles y de las hembras con crías, ya que por su condición precisan de un mayor aporte nutritivo. Los resultados se publicaron la pasada primavera en Journal of Experimental Biology.

El ruido subacuático generado por la actividad humana, ya sea por el giro de las hélices, el ronroneo de los motores, el tintineo de las obras de construcción o las detonaciones para la exploración sísmica, obligan a alzar la voz a los odontocetos. Otras investigaciones demuestran que las ballenas y los delfines emergen, saltan fuera del agua y coletean con más frecuencia cuando cerca de ellos rondan embarcaciones, actitudes que incrementan aún más el consumo de energía. El sónar militar también trastoca el oído de los cetáceos y altera su comportamiento de buceo, y con toda probabilidad los hace enfermar y los desorienta, abocándolos a quedar varados en muchos casos. El siguiente paso para Holt y sus colaboradores consistirá en estudiar actuaciones concretas para mitigar los perjuicios del ruido antrópico en los delfines y otra fauna marina, tales como exigir a los buques que ralenticen los motores antes de su arribada a puerto o mantener los barcos de observación de cetáceos a una distancia prudencial de los individuos avistados.

¿Acaso no lo sabemos todos? Interrumpir una conversación es de mala educación.

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