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  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2015Nº 467

Arqueología submarina

En busca de tesoros sumergidos

Gracias a técnicas innovadoras, los científicos pueden explorar naufragios con la misma precisión que en una excavación arqueológica.

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Hace dos mil años, una tempestad embistió a un barco romano contra las rocas de un acantilado en la costa norte de la remota isla griega de Anticitera. La embarcación naufragó junto con toneladas de objetos preciados: monedas, joyas de oro, decenas de enormes estatuas de mármol y bronce, y un extraordinario artefacto de relojería tallado en bronce considerado hoy el primer ordenador analógico.

Situados a cincuenta metros de profundidad, los restos del naufragio aguardaban intactos en el fondo del mar hasta que un buen día del año 1900 unos buscadores de esponjas tropezaron con él. El equipamiento de los buceadores se reducía a un casco y una manguera alargada por la que respirar el aire de la superficie. El mero acceso a los restos del navío suponía un gran esfuerzo para ellos. Uno perdió la vida y dos quedaron paralíticos.

Hasta 1976 no se realizó una segunda expedición al lugar. Jacques Cousteau y su equipo exploraron el yacimiento mediante un equipo estándar de submarinismo. Con el fin de reservar un tiempo para el ascenso, que debía realizarse lentamente para evitar «el mal de las profundidades», o «de los buzos» (la rápida expansión del nitrógeno en el cuerpo que puede destruir los nervios y causar la muerte), los buceadores solo podían permanecer en el fondo unos preciados minutos en cada inmersión.

Sin embargo, la limitación del tiempo en el fondo del mar pasó a la historia en octubre de 2014 durante una nueva expedición en Anticitera. El explorador Phillip Short descendió desde la popa de un barco prestado, el Petros Iro, pertrechado con un sistema de respiración informatizado dotado de múltiples tanques conocido como reciclador de circuito cerrado. Este equipamiento, que reduce la velocidad a la que el nitrógeno se acumula en los tejidos, le permitió pasearse por el barco naufragado durante una hora y media antes de regresar. Aun así, una inmersión tan prolongada sigue implicando un ascenso lento; Short se había llevado una revista para poder leer durante las paradas planeadas en su camino hacia la superficie. A lo largo de dos semanas de inmersiones, el equipo descubrió todo tipo de objetos incrustados en los restos, desde jarras de cerámica de doble asa hasta una lanza de bronce de dos metros de longitud.

Después de que Short y otros exploradores hubieran realizado varios viajes de ida y vuelta, Edward O'Brien, del Instituto Oceanográfico Woods Hole, puso a prueba una técnica aún más innovadora. A bordo del Thetis, un barco de la marina griega, se introdujo en un reluciente caparazón musculado denominado Exosuit que le confería un aspecto a caballo entre Iron Man y Buzz Lightyear. A las 10:40 de una mañana de domingo, lo bajaron primero desde el Thetis hasta la superficie del mar y después lo hicieron descender 60 metros hasta dejarlo junto al yacimiento. El interior del traje se mantiene a presión atmosférica y permite así a los buceadores permanecer sumergidos durante horas y ascender de forma inmediata sin necesidad de parar... o de leer. «No tienes la sensación de presión o de profundidad —resaltó O'Brien tras un eufórico retorno al barco—. Te sientes igual a quince metros que a sesenta, solo que a sesenta la oscuridad es mayor.»

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