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1 de Agosto de 2015
Medioambiente

Recuperar las zonas húmedas

Numerosos proyectos de restauración de humedales han fracasado en el intento de recrear los ecosistemas primigenios. Pero varias iniciativas recientes han cosechado éxitos al fijarse solo uno o dos objetivos y dejar que la naturaleza siguiera su curso.

La marisma de Torn Salt Marsh, en la bahía de Delaware, 1998. [CORTESÍA DE PSEG]

En síntesis

Los humedales siguen desapareciendo a un ritmo alarmante en Estados Unidos y en otras regiones del mundo. Los proyectos para la recuperación de estas zonas han fracasado estrepitosamente y dilapidado millones de dólares porque han pretendido reconstruir todos los aspectos del ecosistema original.

En vez de ello, deben perseguirse uno o dos objetivos, como potenciar las poblaciones piscícolas o mejorar la calidad del agua, y dejar que los restantes elementos del ecosistema sigan su curso.

Diversas restauraciones basadas en ese principio están logrando buenos resultados en la bahía de Delaware, el litoral de Luisiana y otras regiones del globo.

Joy Zedler planificó con detenimiento los tres humedales experimentales que iba a crear en el arboreto de la Universidad de Wisconsin-Madison para que resultaran idénticos. Ordenó excavar tres parcelas paralelas de 90 metros de largo por 4,5 metros de ancho y luego plantar en ellas especies vegetales similares. Pretendía observar cómo la vegetación absorbía y depuraba el agua de escorrentía procedente de las tormentas.

El equipo de Zedler reguló el caudal de agua que afluía a las parcelas desde un estanque situado en un extremo para que también fuera idéntico en cada una de ellas. Querían medir las cantidades de nutrientes disueltos en el agua que entraban en cada humedal y acababan en otro estanque situado en el extremo opuesto, así como la estabilidad del suelo, el agua absorbida y la productividad y diversidad de las hierbas y demás plantas. Esperaban que los tres modelos de humedal mostraran un comportamiento semejante.

El desafío era importante, tratándose de un proyecto universitario. La ciudad de Madison estaba interesada en él porque quería emplear los humedales para ralentizar y depurar las aguas pluviales que desde la población desaguan en el cercano lago Wingra, afectado por el alto contenido en nutrientes (como nitrógeno y fósforo) del agua de escorrentía. Y saber maximizar los numerosos servicios ecosistémicos que prestan los humedales, desde la mitigación de los daños causados por la escorrentía y las inundaciones hasta la mejora de la biodiversidad, adquiere cada año que pasa mayor urgencia ante el alarmante ritmo de desaparición de estos ecosistemas en todo el mundo. Zedler, catedrática de botánica y ecología de la restauración, esperaba que el experimento aportara alguna pista.

Tres años después, resultó patente que el experimento suscitaba preguntas inesperadas. «Ninguna parte del sistema se había comportado como suponíamos», explica Zedler. La primera sorpresa fue que, pese a que las parcelas se hallaban separadas por un escaso metro de distancia y se habían introducido las mismas plantas para que desarrollaran la misma vegetación, una parcela quedó dominada por las aneas, mientras que en las otras dos prosperaron hasta 29 especies vegetales. En segundo lugar, aunque la parcela de las aneas produjo más biomasa vegetal, distaba mucho de mostrar el crecimiento lujuriante que se esperaba. Tampoco frenó el agua de las crecidas ni controló la erosión del suelo y absorbió pocos de los nutrientes disueltos. En las parcelas vecinas se lograron más resultados positivos, según lo esperado, aunque no una mayor productividad.

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