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  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2015Nº 467
Libros

Reseña

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Unidad del conocimiento

Unidad del saber e interrelación entre las ciencias.

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FORMS OF TRUTH AND THE UNITY OF KNOWLEDGE
Dirigido por Vittorio Hösle. The University of Notre Dame Press, Notre Dame, Indiana, 2014.

La división de las universidades en departamentos, a menudo estancos, obedece a una razón histórica de demostrada eficacia. El incesante incremento de cada ciencia obliga a evitar la dispersión y generalización, para concentrarse y así seguir avanzando. Mas, al propio tiempo, los peligros asociados a esta hiperespecialización son múltiples y conocidos, develados por pensadores tan dispares como José Ortega y Gasset y Karl Popper. No solo existen interferencias necesarias (la física teórica deviene matemática con frecuencia creciente), sino que la creación e investigación en un campo extrae sumo provecho de los métodos y progresos de otros. Las reuniones interdepartamentales se han ido extendiendo por doquier. Por una razón poderosa: la realidad es única y sus interpretaciones y aproximaciones recogen aspectos regionales o parciales. En esos seminarios, se hace patente la existencia de bases comunes, mutuas dependencias o reducciones de una disciplina a otra y posibles solapamientos.

Las primeras reflexiones sobre el conocimiento y sus múltiples formas aparecieron en la Escuela Eléata, en la época presocrática, con la distinción entre la vía de la opinión y la vía de la verdad. El siglo V antes de Cristo asistió también a la aparición de la matemática teórica; en efecto, el descubrimiento de magnitudes inconmensurables, no más tarde del 450 a.C., elevó la matemática desde su situación de herramienta útil para ayudar a resolver problemas prácticos hasta el nivel de ciencia autónoma, que, al propio tiempo, nos acerca al conocimiento del mundo físico.

El estatuto epistémico peculiar de la matemática y el estatuto ontológico de sus objetos fueron los dos problemas que motivaron la filosofía de Platón. Mientras que la creencia (pistis) y la imaginación (eikasía) se ocupaban de los objetos físicos y sus imágenes, se atribuía a la cognición (noesis) y el pensamiento (diánoia) la tarea de descifrar del mundo inteligible. Xenócrates, su discípulo, propone subdividir la filosofía en lógica, física y ética.

Pero es a Aristóteles a quien debemos el sistema más elaborado sobre teoría del conocimiento en el período clásico. Para Aristóteles, todo conocimiento es teórico, práctico (moral) o productivo (creador, relacionado con alguna habilidad). Las ciencias teóricas se sitúan en el nivel más alto porque versan sobre la contemplación, fuente última de felicidad. El conocimiento teórico comprende la física, la matemática y la teología; el práctico abarca la ética y la política; el poiético, la poesía y otras subdisciplinas menores.

Ya en el Medievo, la lógica constituiría una cuarta parte en el Didascalion de Hugo de san Víctor. En De reductione artium ad theologiam, san Buenaventura incluye el trívium (gramática, lógica y retórica) en su sistema e insiere, entre la ética y la política, la economía (entendida como la gestión de lo doméstico o familiar). La filosofía medieval subordinaba todo conocimiento a la teología. El movimiento de traducciones de los clásicos griegos al latín constituyó uno de los factores determinantes de la restauración científica del siglo XII. En particular, la introducción del corpus aristotélico, que fue abriéndose en las universidades que se iban fundando. Así, la exposición del Organon, Tópicos, Categorías y Analíticos entró en el curriculum de la facultad de artes. Se enseñaban los libri naturales del estagirita, junto con el De anima, o psicología, y los Metafísicos. La asimilación de la filosofía natural fue gradual. En ciertos casos sufrió una fuerte oposición, especialmente en la Universidad de París, a partir de 1215. En De reductione artium ad theologiam, Buenaventura cita las artes mecánicas, cognición sensible y cognición filosófica, entre las etapas principales de conocimiento. A finales del siglo XIII la filosofía natural aristotélica estaba asentada. Sus ideas biológicas habían penetrado en las doctrinas médicas.

El esfuerzo más impresionante para sistematizar el conocimiento a comienzos de la modernidad se lo debemos a Francis Bacon y su Of the proficience and advancement of learning, divine and human, publicado en 1605. Bacon no quiere limitarse a las ciencias establecidas, sino que se propone explorar partes del aprendizaje inéditas. Divide las ciencias de acuerdo con las tres partes del entendimiento humano: memoria (historia), imaginación (poesía) y razón (filosofía). Subdivide la historia en natural, civil, eclesiástica y literaria. Los conocimientos, escribió, son pirámides, en cuya base se encuentra la historia. Así, la base de la filosofía natural es la historia natural.

Descartes no tardó en poner en cuestión el sistema baconiano, con su radical separación entre sustancia extensa y sustancia pensante. Otra mente poderosa, Inmanuel Kant, confina espacio, tiempo y causalidad en el dominio de la intuición; en cambio, los juicios sintéticos a priori no implican un conocimiento innato. Más cercano en el tiempo, Edmund Husserl distinguía en sus Investigaciones lógicas entre ciencias teóricas o abstractas y ciencias concretas u ontológicas. La geografía y la historia natural serían ciencias concretas; su unidad está constituida por el objeto común de que se ocupan, a menudo utilizando métodos completamente diferentes (pensemos en la distinción entre geografía física y antropogeografía). Las ciencias teóricas, la física matemática por ejemplo, se fundarían en principios homogéneos de explicación.

La aparición de una nueva disciplina obedece a varias causas. Recojamos dos: el descubrimiento de estratos inéditos de la realidad, sea por viajes de exploración a partes de la Tierra o del cosmos hasta entonces desconocidas, sea el invento de nuevos instrumentos de observación, como microscopios y telescopios. La antropología fue alumbrada por la conquista del Nuevo Mundo, la microbiología por el desarrollo de microscopios en el siglo XVII. Los programas espaciales de los años sesenta impulsaron una nueva rama de la biología llamada exobiología, centrada en la búsqueda de vida más allá de la Tierra.

El desarrollo de nuevos útiles teóricos, por lo común matemáticos, nos permite unificar conjuntos de hipótesis y, con ello, conferir estatuto teórico a una disciplina. El éxito de la física moderna va inextricablemente unido al cálculo. Las ciencias sociales despegaron con la aplicación de la estadística a los datos sociales. Lo que constituye una disciplina son los lazos lógicos entre sus diferentes tesis que la integran en un todo coherente, consistente.

Peculiaridad de nuestro tiempo ha sido la introducción firme de la ciencia en campos antaño reservados a la filosofía. Por mor de ejemplo, mencionemos el estatuto de la ética. ¿Es materia filosófica o es materia científica? En el libro coral que aquí reseñamos, Francisco J. Ayala nos acerca a las bases biológicas de la filosofía moral, en una senda que ya habían abierto Edward Wilson y otros. Para ello resaltan el anclaje filogenético de nuestra especie, que ha evolucionado a partir de otras no humanas. Nuestros parientes más estrechos son los grandes simios y, de ellos, chimpancés y babuinos nos son más cercanos que los gorilas, y mucho más que lo son a los orangutanes.

Postura erecta y un cerebro poderoso constituyen las peculiaridades más notorias de la anatomía humana. Somos los únicos vertebrados con marcha bípeda y postura erguida; las aves son bípedas, pero su esqueleto es horizontal, no vertical (con la singular excepción de los pingüinos). El tamaño del cerebro suele ser proporcional al tamaño corporal; con relación a la masa corporal, los humanos poseen el cerebro mayor y más complejo: pesa un promedio de 1380 gramos en el varón y de 1200 gramos en la mujer. El peso del cerebro del chimpancé es de 420 gramos. Ligeramente mayor el del gorila. El de un varón humano adulto tiene un volumen de 1400 centímetros cúbicos (cc).

Hasta fecha reciente, los evolucionistas plantearon la cuestión sobre qué se adquirió primero, si la marcha bípeda o el cerebro poderoso. La cuestión ha quedado ya resuelta. Nuestros antepasados Australopithecus tenían, desde hace cuatro millones de años, una marcha erecta, pero un cerebro pequeño, de unos 450 cc, el peso de una libra. Las manos de los homininos que vivieron hace unos tres millones de años tallaban instrumentos.

Los humanos no solo divergen de otros animales en su anatomía, sino también, y no es menos importante, en su comportamiento, individual y social. Un elenco de esas discrepancias incluiría: pensamiento abstracto, categorización y raciocinio, por lo que se refiere a la inteligencia; lenguaje simbólico creador; autoconsciencia y consciencia de la muerte; fabricación de herramientas y tecnología; ciencia, literatura y arte; ética y religión; organización social y cooperación (división del trabajo); códigos legales e instituciones políticas.

La teoría de la evolución se ha preocupado también de los fundamentos de la moral. No atribuimos conducta ética a los animales; al menos no a todos los animales y no en la misma medida que a los humanos. Por consiguiente, la evolución plantea cuestiones distintivas sobre los orígenes y contenidos de la conducta moral. ¿Está determinado por la evolución el sentido moral?

Si está determinado por la evolución, ¿en qué momento se adquirió? ¿Tenían desde un comienzo los humanos modernos un sentido ético? ¿Se regían los neandertales por normas morales? ¿Qué decir a ese respecto de Homo erectus y Homo habilis? ¿Cómo evolucionó el sentido moral? ¿Vino instado directamente por la selección natural? ¿O vino como un subproducto de otros atributos (la racionalidad, por ejemplo) que sí fueron objeto directo de selección, como propusieron Gould y Lewontin sobre las enjutas de san Marcos? ¿Es acaso el sentido moral un resultado de la evolución cultural más que de la evolución biológica? Y, concedido que así sea, habría que averiguar si el comportamiento ético viene directamente promovido por la selección natural o si es fruto de una manifestación epigenética de otro rasgo que sí es objetivo de la selección natural.

Propone Ayala que la evaluación de la acción moral emerge de la racionalidad humana; en términos darwinistas, de las facultades intelectuales altamente desarrolladas. Nuestra elevada inteligencia permite anticiparnos a las consecuencias de nuestros actos con respecto a los demás y, por tanto, juzgarlos como buenos o malos en términos de sus consecuencias para otras personas. En cambio, las normas a tenor de las cuales decimos que un acto es bueno o malo vienen determinadas en buena medida por la cultura, aunque condicionadas por las predisposiciones biológicas, como el cuidado de los padres en ofrecer un buen modelo de conducta.

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