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Dataciones más precisas

Un ajuste en el método de datación por radiocarbono podría ayudar a determinar fechas controvertidas.

Los anillos de crecimiento de la madera antigua sirven para calibrar la datación por radiocarbono. [STEFAN DINSE/ALAMY]

Hace más de 3500 años, una catastrófica erupción volcánica sacudió la isla de Thera, conocida hoy como Santorini. Una lluvia de cenizas y pumita cayó sobre el Mediterráneo, y los tsunamis alcanzaron las lejanas costas de Creta. En la década de 1960, los arqueólogos descubrieron en Santorini un asentamiento minoico congelado en el tiempo, con casas de varios pisos decoradas con vistosos frescos y enterradas bajo los escombros volcánicos.

La erupción fue una de las mayores explosiones volcánicas de los últimos 10.000 años y marcó un momento crucial en la Edad del Bronce mediterránea. También suscita gran controversia entre los arqueólogos, que debaten desde hace décadas sobre la fecha en que se produjo el cataclismo.

Aunque no zanja la cuestión, un reciente ajuste del método de datación por radiocarbono restringe las posibilidades. Esta nueva y esperada curva de calibración (un conjunto de datos que sirven para convertir los resultados de la datación por radiocarbono en fechas del calendario) aparece publicada en el número especial de agosto de Radiocarbon. Bautizada como IntCal20, se basa en casi el doble de datos que la anterior curva de 2013 y podría obligar a los científicos a reevaluar la edad de yacimientos, objetos y sucesos a lo largo del planeta.

«Se han añadido muchísimos datos, y nuestra capacidad de fechar el pasado con certeza aumenta con cada revisión», señala Thomas Higham, experto en datación por radiocarbono de la Universidad de Oxford, que no participó en el proyecto de calibración. «Muchos científicos están entusiasmados con la nueva curva, porque nos permitirá afinar nuestros estudios cronológicos y entender mejor cómo ha cambiado la Tierra a lo largo del tiempo.»

Todos los seres vivos absorben carbono 14, un isótopo radiactivo del carbono que se desintegra a un ritmo constante. Eso significa que las conchas, los huesos, el carbón y otros materiales orgánicos hallados por los arqueólogos están fechados químicamente. Descubierta a finales de la década de 1940, la datación por radiocarbono transformó el estudio de la prehistoria y se convirtió en el patrón oro para determinar fechas en arqueología. La segunda revolución llegó cuando los científicos comprendieron que la concentración atmosférica de carbono 14 va variando como resultado de las fluctuaciones en la actividad solar (y también a causa de las bombas atómicas y la quema de combustibles fósiles, en el pasado reciente). Eso obliga a calibrar las dataciones por radiocarbono con datos independientes, que proceden sobre todo de la madera antigua, cuyos anillos de crecimiento anual guardan relación directa con los años naturales y también pueden analizarse con radiocarbono.

Cuando se elaboraron las primeras curvas de calibración aceptadas a nivel mundial, en la década de 1980, los datos de anillos anuales se limitaban a los últimos milenios. En cambio, los que emplea IntCal20 abarcan casi 14.000 años y son mucho más numerosos que en versiones anteriores, lo cual permite observar picos puntuales en fenómenos como las fulguraciones solares. Otras mediciones absolutas obtenidas a partir de registros naturales como los testigos de hielo, los sedimentos lacustres y las estalagmitas de las cuevas, extienden la nueva curva a los últimos 55.000 años, cerca de la máxima edad que permite determinar el radiocarbono.

El Grupo de Trabajo Internacional sobre Calibración, formado en 2002, reúne datos a través de la colaboración masiva a fin de generar nuevas versiones de esta curva ampliamente utilizada. IntCal20 está pensada para muestras del hemisferio norte, pero el grupo también ha creado otras curvas para los objetos del hemisferio sur y del océano, que presentan concentraciones de radiocarbono ligeramente distintas.

De los 12.904 datos sin procesar que incluye IntCal20, más de 800 proceden del período comprendido entre 1700 y 1500 a.C., la parte prehistórica de la curva que está mejor datada. Los científicos saben que la erupción de Thera se produjo en esa época, pero quieren determinar el momento exacto.

«Disponer de una fecha precisa y fiable para este evento implicaría que, en cualquier yacimiento arqueológico de la región donde halláramos las cenizas, tendríamos un estrato perfectamente datado», explica ­Charlotte Pearson, experta en dendrocronología de la Universidad de Arizona, que participó en la elaboración de IntCal20 y estudia ­Thera. «Eso permitiría ordenar las cronologías de las increíbles culturas de esa región», como los minoicos, los hititas, los hicsos y los antiguos egipcios.

Pero determinar la fecha de la erupción no es sencillo. Algunos restos de cerámica y otros objetos apuntan a finales del siglo XVI a.C., mientras que los resultados del radiocarbono la sitúan al menos un siglo antes. Los datos integrados en IntCal20 ayudan a precisar un poco más, pero no ofrecen una respuesta definitiva, sino las probabilidades de algunas ventanas temporales, debido a que la curva se aplana en ese período.

«La principal diferencia es que los posibles intervalos se han reducido bastante», comenta Sturt W. Manning, arqueólogo de la Universidad Cornell que dirigió los primeros estudios con radiocarbono en Thera y participó en el proyecto IntCal20. La calibración sitúa la fecha más probable a finales del ­siglo XVII a.C., con otra posible ventana entre comienzos y mediados del siglo XVI a.C., añade Manning. Gracias a los nuevos datos, la fecha estimada «es mucho más precisa, aunque, irónicamente, el debate no ha cambiado». No obstante, Pearson cree que los científicos están cerca de determinar el año en que tuvo lugar el evento. «Creo que es posible datarlo», asegura. «La cuestión es qué vestigio aportará la prueba concluyente.»

Los científicos esperan que IntCal20 provoque una avalancha de nuevos estudios para recalibrar datos, y no solo de la Edad del Bronce. La nueva curva retrasa 50 años el período de transición que siguió a la última glaciación, lo que podría afectar a la interpretación de los datos relacionados con la extinción masiva de la megafauna o la llegada del ser humano al continente americano, eventos cuya fecha tampoco está clara. ­IntCal20 también sugiere que el fósil más antiguo de Homo sapiens que se conoce en Eurasia, el hombre de Ust’-Ishim hallado en Siberia, podría ser 1000 años más joven de lo que se pensaba. Higham se muestra especialmente optimista respecto a los nuevos datos de hace entre 50.000 y 55.000 años: espera que nos permitan entender mejor el modo en que los humanos anatómicamente modernos que emigraron de África interactuaron e intercambiaron genes con humanos arcaicos como los neandertales o los denisovanos.

Según Manning, la próxima versión de IntCal incorporará más variaciones regionales en las mediciones de radiocarbono, que podrían explicar las discrepancias observadas en el período asociado a la erupción de Thera. «Hemos alcanzado un nuevo nivel de exactitud y precisión», concluye. «Eso despertará un renovado interés por saber exactamente qué se ha datado y cómo se ha calculado su edad.»

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