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La conquista agrícola de Europa

El encuentro de los pueblos agrarios con los cazadores-recolectores habría dado lugar a una jerarquía que hoy resulta inquietante.

Los estudios genéticos de las inhumaciones de Gougenheim, en Francia, indican que los individuos arrojados a la sepultura tienen mayor ascendencia cazadora-recolectora que aquellos depositados con cuidado (fotografía). [De «Multi-scale ancient DNA analyses confirm the western origin of Michelsberg farmers and document probable practices of human sacrifice». Alice Beau et al. en Plos One, julio de 2017. (https://doi.org/10.1371/journal.pone.0179742)]

En síntesis

Hace unos 9000 años, llegaron a Europa poblaciones agropecuarias procedentes del Oriente Medio, en busca de nuevas tierras de cultivo.

Los migrantes siguieron dos rutas, una a lo largo del Danubio y la otra por la costa mediterránea, y en ambas se toparon con los cazadores-recolectores que habitaban los bosques.

Primero, los campesinos comerciaron o se aparearon con los cazadores-recolectores. Pero hace 5000 años, la agricultura ya dominaba el continente y habían surgido sociedades jerárquicas.

Los estudios genéticos permiten suponer que los descendientes de cazadores-recolectores eran tratados como inferiores.

Hace ocho mil años, los únicos humanos que erraban por los exuberantes bosques europeos eran pequeñas bandas seminómadas de cazadores-recolectores. Las excavaciones arqueológicas, tanto de cuevas como de otros emplazamientos, revelan vestigios de su tecnología mesolítica: artefactos de pedernal tallados con los que pescaban, cazaban ciervos y uros (una especie de bóvido ya extinta) y recolectaban plantas silvestres. Muchos tenían el pelo oscuro y los ojos claros, según apuntan los últimos estudios genéticos, y los pocos esqueletos que se han desenterrado indican que eran altos y musculosos. Las lenguas que hablaban siguen siendo un misterio.

Tres milenios después, los bosques que habitaban habían sido desplazados por campos de trigo y lentejas, y los agricultores dominaban el continente. La transición les resultó evidente incluso a los arqueólogos del siglo XIX, cuyas excavaciones revelaron huesos de animales domesticados, recipientes de alfarería con restos de cereales y, lo más llamativo de todo, inhumaciones con enigmas que todavía hoy siguen sin descifrar. La agricultura no solo trajo consigo un nuevo modelo económico, sino también utillaje de metal, nuevas pautas de alimentación e innovaciones en la explotación de la tierra, además de cambios en las relaciones entre humanos y de estos con la naturaleza.

Los eruditos se pasaron 150 años debatiendo si los agricultores importaron a Europa su cultura neolítica desde el Oriente Medio o si solo fueron sus ideas las que viajaron. La cuestión se mantuvo así hasta que, a principios de la década del 2000, algunos genetistas como Martin Richards, en aquel momento en la Universidad de Oxford, estudiaron las variaciones en los genes modernos para demostrar de forma irrefutable que los agricultores sí migraron. Cruzaron el mar Egeo para pasar a Grecia, y el Bósforo para adentrarse en la península balcánica, desde donde se extendieron hacia el norte y el oeste. Luego, científicos como Svante Pääbo, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, aprendieron a extraer y leer el ADN de restos humanos antiguos. Estas técnicas revolucionarias posibilitaron una colaboración sin precedentes entre arqueólogos y genetistas, que se apresuraron a caracterizar el ADN de individuos fallecidos en asentamientos prehistóricos de cazadores-recolectores o agricultores-ganaderos.

En 2014, el equipo de la arqueóloga Cristina Gamba, por entonces en el Trinity College de Dublín, descubrió en Hungría el hueso de un cazador-recolector entre los de una comunidad agraria primitiva; desde ese momento, ha ido perfilándose una imagen sorprendentemente compleja y polifacética de los encuentros que se produjeron entre los residentes y los inmigrantes. En algunos lugares, los dos grupos se mezclaron de entrada, mientras que en otros se mantuvieron apartados durante siglos e incluso milenios. A veces, los agricultores-ganaderos veneraban a sus predecesores, pero otras veces los deshumanizaron y subyugaron. Fuese como fuese, hay una tendencia clara: con el paso de las décadas, a medida que los agricultores aumentaban en número, fueron asimilando y sustituyendo a los cazadores-recolectores, marginando, tanto en sentido geográfico como social, a quienes se resistían a abandonar su forma de vida ancestral. Lo más inquietante es que aquella creciente desigualdad habría culminado, al menos en algunos lugares, en sociedades que esclavizaban a las personas de ascendencia cazadora-recolectora, llegando incluso a sacrificarlas para que acompañasen a sus señores en el otro mundo.

El éxodo

Hace alrededor de 11.500 años, Europa y Oriente Medio estaban saliendo de una glaciación. Con un clima más suave y una tierra más fecunda, poco a poco se fueron sedentarizando los cazadores-recolectores que habitaban el Creciente Fértil, una amplia región en forma de media luna situada en torno a los ríos Éufrates, Tigris y Nilo y la costa mediterránea oriental. Dedicaban cada vez menos tiempo a cazar íbices y jabalíes o recoger gramíneas silvestres, y más a cuidar de los animales y las plantas que habían domesticado: ovejas, cabras, trigo, guisantes y lentejas. La arqueobotánica, sobre todo el estudio de los pólenes arcaicos, y la arqueozoología (el estudio de antiguos huesos de animales) ponen de manifiesto esta transformación. Eran los primeros campesinos, pueblos que hablaban lenguas desconocidas (de las cuales el vasco podría ser una reliquia), que utilizaban herramientas líticas y que, hace unos 9000 años, se encaminaron hacia Europa en busca de tierras vírgenes que cultivar.

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