Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Los secretos de un superviviente antártico

Un minúsculo hexápodo ha sobrevivido a una treintena de glaciaciones en los confines de la Antártida. Ahora se comienzan a desvelar las claves de semejante tenacidad.

Tullbergia, más pequeño que una cabeza de alfiler, emplea sus antenas carnosas y sus seis patas para vagar entre los glaciares y los suelos tóxicos de la Antártida. [IGOR SIWANOWICZ]

En síntesis

Tullbergia, un animal diminuto, habita bajo las piedras de las cumbres del interior desolado de la Antártida, donde nada más puede sobrevivir.

Parece haber resistido allí desde hace millones de años, eludiendo de algún modo los casquetes de hielo y las sales tóxicas.

La clave de su supervivencia podría estar escrita en su genoma y en el de otros miembros de la microfauna antártica, y podría reescribir la historia del hielo que cubre el continente.

En un soleado día de enero de 2018, un helicóptero sobrevolaba las vertientes rocosas de la cordillera Transantártica, una cadena de cumbres que se alza sobre el vasto casquete de hielo. A bordo, Ian Hogg y Byron Adams dirigían su mirada escrutadora a los promontorios y salientes sin nieve situados bajo sus pies, a solo 600 kilómetros del polo sur. Buscaban hitos del relieve que encajaran con la descripción de una sucinta nota dejada en 1964 por un entomólogo ya fallecido, en la que relataba el descubrimiento de un enigmático animalillo en aquel paraje desolado. Nadie lo había vuelto a ver desde entonces.

Como una auténtica divisoria, la cordillera recorre más de 3000 kilómetros del continente helado, desde la costa norte hacia el interior, en dirección al sur. De 100 a 200 kilómetros de ancho, actúa como una barrera que frena el vasto casquete de la Antártida Oriental, una colosal masa de hielo que se alza 3000 metros sobre el nivel del mar. Glaciares alimentados por ese casquete se escurren entre los picos montañosos y fluyen lentamente hacia la Antártida Occidental, situada a menos altura. Los fuertes vientos secos que azotan la meseta oriental mantienen sin hielo los picos.

En invierno, las temperaturas en el sur de la cordillera se desploman por debajo de los –40 oC. Algunos de los suelos precarios y yermos que cubren las cimas no han recibido cantidades apreciables de agua en milenios, por lo que en ellos se han ido acumulando sales cáusticas, a semejanza de lo que sucede en la superficie de Marte. Pero a pesar de la extrema dureza del entorno, las montañas acogen un puñado de seres diminutos. En su afán por saber qué especies moran allí, Hogg, biólogo de Polar Knowledge Canada (organismo científico canadiense) y Adams, biólogo de la Universidad Brigham Young, en Utah, habían ido recolectando muestras desde 2006. Pero la especie descubierta en 1964, Tullbergia mediantarctica, les había dado esquinazo hasta el momento.

El lugar que estaban peinando ahora, el monte Speed, era una cima baja del sur de la cordillera, situada unos 700 kilómetros tierra adentro. Aquí el glaciar Shackleton discurre de este a oeste a través de una brecha abierta en las montañas de 10 kilómetros de ancho. Hogg divisó un promontorio similar al descrito en las notas del entomólogo. El piloto tomó tierra en él y los pasajeros bajaron a una ladera de roca desnuda, salpicada de bloques dispersos de granito amarillento. Comenzaron a buscar metódicamente bajo las piedras, una a una. En cuestión de minutos hallaron lo que buscaban: decenas de animalillos de seis patas, blanquecinos, más menudos que una cabeza de alfiler.

Caminaban lenta pero resueltamente entre los granos de arena, palpando con sus antenas, blandas y carnosas como dos dedos larguiruchos. Vulnerables en extremo a la deshidratación, bastaba con un minuto de exposición al aire seco para que comenzaran a encogerse y a morir. Durante las jornadas siguientes los hallaron bajo las piedras de otras cuatro laderas, a lo largo del extremo inferior del glaciar Shackleton. En ocasiones el oasis que ocupaban no era más grande que una cancha de baloncesto.

Tullbergia pertenece al orden de los colémbolos, artrópodos primitivos, parientes de los insectos y carentes de alas. Pocos han oído hablar de ellos, aunque en el suelo de su jardín probablemente abunden por millones. Presentes en todo el mundo, algunas especies habitan en los escasos retazos de suelo sin hielo que salpican el interior de la Antártida, donde poco más hay de comer que algún que otro hongo microscópico o bacteria.

Contenidos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.