Percepción de un entorno estable

Percibimos estable nuestro entorno pese al movimiento relativo que le confiere nuestro propio movimiento. Ello es así porque el sistema perceptivo es capaz de compensar tales desplazamientos.

El mundo gira en torno a un observador a medida que éste se desplaza por él. Cuando se aproxima a un objeto, éste crece dentro de su campo visual; a su paso, los objetos giran con respecto a su posición variable. Un giro o una inclinación de cabeza altera la orientación del entorno; los movimientos oculares cambian la imagen del mundo que se proyecta en la retina. Sin embargo, no solemos ser conscientes de los movimientos ambientales precipitados por nuestra propia actividad. ¿Qué mecanismos nos permiten ignorar los efectos de nuestro propio movimiento y percibir estable el medio que nos rodea? En 12 años de análisis sobre ese punto varios investigadores, entre los que me cuento, hemos descubierto elegantes y precisos procesos de compensación.

Un observador ve una escena fija cuando vuelve la cabeza, pero percibiría el entorno en movimiento si éste girara permaneciendo él quieto. Podría creerse que estas tendencias reflejan un bloqueo perceptivo, desencadenado por señales que indican movimiento corporal procedente de tendones, articulaciones y órganos vestibulares. También, que cualquier percepción de movimiento ambiental queda descartada en presencia de dicha información propioceptiva.

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