Del laboratorio a la planta industrial

Entre el descubrimiento de una sustancia de interés farmacológico y su producción industrial hay un largo camino por recorrer. El aumento de escala de la reacción exige un profundo conocimiento de la materia.

A finales de los años ochenta, el grupo dirigido por George Pettit, de la Universidad estatal de Arizona en Temple, encontraron en el caracol marino Dolabella auricularia una nueva clase de sustancias naturales potencialmente anticancerígenas. Hasta 1,6 toneladas de esos gasterópodos se recogieron en el océano Indico. Las sustancias extraídas se separaron en 20.000 fracciones, que se sometieron a pruebas de eficacia farmacológica. Se descubrieron ciertas moléculas que inhibían la división celular, y las llamaron dolastatinas. En varios modelos animales se comprobó que las dolastatinas 10 y 15 ejercían una intensa actividad citostática.

En sólo seis meses, los químicos del laboratorio central de BASF en Ludwigshafen sintetizaron moléculas de estructura parecida, que mostraron una actividad citostática más intensa que la operada por las dolasta­tinas naturales. Se contaba entre esas moléculas el pentapéptido LU103793 y otros dos compuestos similares. Tras la obtención de la patente, y a fin de lograr un fármaco apto para el mercado, había que proceder a su síntesis con la mayor celeridad posible. Si consideramos que la protección de la patente cubre sólo 20 años, el tiempo que se dedique al desarrollo significará una pérdida inevitable de mercado ante la competencia. Para un fármaco de tipo medio, las pérdidas de un mes de demora se cifran en tor­no a los 1300 millones de pesetas.

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