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1 de Octubre de 2017
Reseña

Antes de la ciencia

El carácter singular del conocimiento cuneiforme.

BEFORE NATURE
CUNEIFORM KNOWLEDGE AND THE HISTORY OF SCIENCE
Francesca Rochberg
The University of Chicago Press, 2016

Los antiguos babilonios merecen mayor reconocimiento que el que suelen concederles los manuales de historia de la ciencia. Es la tesis que Francesca Rochberg desarrolla en Before nature. El título evoca una colección de ensayos llamada Before philosophy y publicada por Henri Frankfort, H. A. Frankfort, John A. Wilson y Thorkild Jacobsen a mediados del siglo pasado. Desde un enfoque evolutivo de la relación entre mente y cultura, aquella obra se proponía acotar el estadio del desarrollo cognitivo de la civilización de Oriente Próximo y llegaba a la conclusión de que no alcanzaron una metodología científica rigurosa. Aquí Rochberg preferirá ensanchar el concepto de ciencia.

Cada período de la historia de la ciencia define un modo peculiar de relacionar la inquisición intelectual con la naturaleza circundante, objeto de investigación. De hecho, la naturaleza constituye la espina dorsal y el fundamento de la ciencia empírica. El concepto de naturaleza no solo va íntimamente ligado al método aplicado, sino que condiciona además la idea de ser humano.

En la historia de la ciencia europea descubrimos tres planteamientos principales sobre la forma de abordar la naturaleza, los cuales se suceden cronológicamente. Un primer enfoque, que dominó desde el comienzo de la ciencia en la Grecia clásica hasta el siglo xvii, ve en la naturaleza el principio activo de operación. Competía a la ciencia desentrañar la naturaleza para domeñarla y mejorar las artes prácticas. Se produjo el salto del mito a la razón, de las explicaciones alegóricas a las basadas en causas. Tras ese largo período sigue otro de consideración mecánica de la naturaleza. Dominó desde Galileo hasta finales del siglo XIX, con Newton como máximo teorizador. La concepción mecanicista de la naturaleza resaltaba el dualismo entre mente y materia; en determinados sectores se buscaba reducir el hombre a una máquina. Por fin, en la segunda mitad del siglo XIX apareció la naturaleza entendida como un proceso: el concepto evolucionista de la naturaleza afirmaba la unidad de esta en un proceso emergente del que el ser humano formaba parte, pero dejaba abierta la cuestión metacientífica de las causas finales.

¿Dónde encasillar los logros intelectuales del mundo cuneiforme? Decía Einstein en 1936 que el mayor misterio del mundo es que fuese inteligible. Que lo podamos comprender constituye un auténtico milagro. Esa inteligibilidad del mundo natural se hace más impresionante cuando consideramos que los supuestos humanos fundamentales sobre el tiempo y el espacio —la idea de que una hora consta de 60 minutos y que un círculo puede descomponerse en 360 grados— proceden de un tiempo en el que no existía un sentido articulado de la naturaleza, una referencia o palabra para ello. De esos conceptos se apropiaron los griegos de la Antigüedad clásica. Los tomaron de filósofos, matemáticos y astrónomos de la antigua Babilonia, cuyos cálculos sexagesimales aparecieron por vez primera en escritura cuneiforme, la más antigua del mundo, en el período arcaico de Babilonia, entre el 2000 y el 1600 antes de nuestra era.

A los escribas babilonios del tiempo en que los physikoi griegos comenzaron a explorar la materia y el movimiento no les acuciaba el interés de los filósofos occidentales por conocer la naturaleza o usarla de manera heurística. Su descripción de los cielos no estaba estructurada en una clasificación de la Luna y los planetas como objetos de la naturaleza, ni interpretaban sus apariciones cíclicas en términos de leyes físicas. Sus modelos astronómicos no dependían de un cosmos geométrico centrado en la Tierra ni estaban construidos para dar cuenta del movimiento planetario. A los asirobabilonios no les importaba tanto el movimiento de los cuerpos celestes cuanto la periodicidad. Las observaciones, predicciones y explicaciones astronómicas constituían las herramientas que los científicos empleaban para establecer correspondencias a través de muchas formas de relación y analogía entre lo superior (el firmamento) y lo inferior (el mundo terrestre), no solo con fines astrológicos, sino también médicos. La adivinación celeste, la astrología y la medicina astral se integraban entre los fines observacionales y predictivos de la astronomía.

La preocupación del mundo cuneiforme por la adivinación, el rito y los ensalmos vino motivada por la determinación de establecer normas y anomalías dentro de categorías significativas. Esa finalidad es, para Rochberg, genuinamente científica, quien aduce que lo mágico no debería emplearse como criterio para separar la ciencia de la no ciencia, porque en el mundo cuneiforme lo mágico no pertenecía a lo natural ni a lo sobrenatural. Los escribas cuneiformes consideraban la naturaleza como si observaran un conjunto de leyes; la propia observación de los fenómenos astrales entraña un compromiso con los fenómenos astronómicos. El énfasis del mundo cuneiforme en la adivinación celeste revela su coherencia con el pronóstico y la interpretación.

Recuerda, a este respecto, la crítica de Séneca a la adivinación etrusca: «Mientras nosotros creemos que el relámpago es liberado como resultado de la colisión de nubes, ellos creen que las nubes chocan para provocar el rayo», escribió el filósofo hispano en sus Cuestiones naturales. Los etruscos atribuían todas las cosas a los dioses, no creían que todas las cosas tuviesen un sentido al ocurrir, sino que acontecían porque debían tener un sentido. Toma por ejemplo el sacrificio ritual de animales cuyas entrañas se utilizaban para las predicciones. Seguían la regla de inferencia: «si P, entonces Q». Los vínculos no se limitaban a categorías empíricas; a menudo eran de naturaleza fonética o semántica. Loable esfuerzo el de Rochberg por dar cabida en el dominio de la ciencia a esas primeras aproximaciones racionales, aunque dependientes todavía de una cosmovisión mitológica.

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