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1 de Octubre de 2017
Reseña

CRISPR: la pugna por la narrativa

Heroísmo pero pocos matices en el relato en primera persona de una de las grandes protagonistas de la actual revolución en genética.

A CRACK IN CREATION
GENE EDITING AND THE UNTHINKABLE POWER TO CONTROL EVOLUTION
Jennifer A. Doudna y Samuel H. Sternbert
Houghton Mifflin, 2017

La expectativa de leer las memorias de Jennifer Doudna, una protagonista clave en la historia de CRISPR, acelera el pulso. Y, en efecto, A crack in creation ofrece una más que bienvenida perspectiva sobre la revolucionaria técnica de edición del genoma que pone el poder de la evolución en manos humanas, con numerosas anécdotas y detalles que solo las personas cercanas a ella habrían podido saber. Sin embargo, se echa a faltar la introspección inquisitiva, el análisis ético matizado y el contrapunto moral que reclamaría todo aquel vivamente interesado en la técnica CRISPR, como quien escribe.

Después de la carrera que condujo al descubrimiento, vino la pugna por hacerse con la narrativa del hallazgo. No en vano, hay muchísimo en juego en torno al sistema CRISPR-Cas. En febrero de este año, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos se pronunció en contra de Doudna y de la Universidad de California en Berkeley. El organismo consideró que una patente versada en la aplicación de CRISPR a las células eucariotas, presentada por Feng Zhang, de Harvard y el Instituto Broad del MIT, no interfería con la patente de Berkeley, más amplia, sobre ingeniería genética con CRISPR.

Puede que la batalla haya terminado, pero no así la guerra. Berkeley ya ha apelado la decisión; entretanto, la Oficina Europea de Patentes ha fallado a favor de Doudna y Berkeley. Sin duda, este versátil sistema dará como fruto muchas más patentes... por no hablar de algunas de las medallas de oro de 66 milímetros que cada año se otorgan en Estocolmo.

El Instituto Broad ha llevado hasta ahora la voz cantante en el relato. No escaso de fondos ni de talento, el centro aúna la sensualidad de la tecnología punta con el espíritu de la Costa Este y la alcurnia asociada. El año pasado, el director, Eric Lander, publicó un hoy tristemente famoso artículo titulado «Los héroes de CRISPR» en Cell. En él adoptaba un tono de generosidad al reconocer las contribuciones del bioquímico lituano Virginijus Siksnys por sus observaciones iniciales que «allanaron el camino hacia la ingeniería de las endonucleasas del ADN guiadas por ARN programables y universales», así como las de Doudna y la codescubridora de CRISPR, Emmanuelle Charpentier, por señalar «las posibilidades de la aplicación del sistema en la edición genómica programable con ARN».

De las palabras de Lander se deducía a las claras que los aludidos habían sentado las bases, pero que había sido el grupo de Zhang el que había llevado a CRISPR hasta la línea de meta. Para muchos de nosotros, tales tácticas convierten al equipo de Broad en los villanos de la historia.

El libro de Doudna era una oportunidad para propinar un merecido golpe demoledor. Pero, en lugar de ello, lo que nos brinda es un contrarrelato elaborado como el artículo de Lander. Escrito íntegramente en primera persona, el otro autor, Samuel Sternberg, antiguo estudiante del laboratorio de Doudna, apenas hace acto de presencia.

En este contrarrelato, Doudna se muestra interesada desde siempre en la edición génica. Sus primeros trabajos giraron en torno a las enzimas del ARN, o ribozimas. Se labró un currículum impecable: obtuvo su tesis doctoral con Jack Szostak en Harvard, cursó una estancia de posdoctorado con Tom Cech en la Universidad de Colorado en Boulder y más tarde obtuvo una plaza en Yale. Desde mediados de los años noventa, relata la autora, estuvo estudiando los mecanismos moleculares básicos que «serían capaces de desatar todo el potencial de la edición de genes» [véase «El descubrimiento del sistema CRISPR-Cas», por Francisco J. M. Mojica y Cristóbal Almendros, en este mismo número].

Su trabajo sobre CRISPR se remonta a 2006 —seis años antes de que los artículos clave vieran la luz— con una llamada de la geomicrobióloga de Berkeley Jillian Banfield. Tomando café, esta le describió las cortas repeticiones palindrómicas agrupadas y separadas por intervalos regulares que aparecían sin cesar en sus bases de datos de ADN de bacterias y arqueas. Ubicuas como parecían ser en todos esos procariotas, cada una era sin embargo privativa de su especie. Al escuchar el descubrimiento, Doudna relata cómo «un leve escalofrío de intriga» le recorrió la espalda. Si CRISPR era algo tan generalizado, «había razones fundadas para pensar que la naturaleza lo usaría con un propósito importante». En 2012, ella y sus colaboradores habían logrado desentrañar el sistema natural CRISPR, se habían servido de él como herramienta de laboratorio y habían conseguido diseñar una versión modificada programable, barata y de fácil uso [véase «La edición genética, más precisa», por Margaret Knox; Investigación y Ciencia, febrero de 2015].

Las páginas centrales del libro desglosan la obligada y asombrosa lista de aplicaciones potenciales de la técnica, capaz de crear cualquier cosa, desde mosquitos sin malaria y perros policía con músculos como los de Vin Diesel hasta la cura definitiva del cáncer. Por fortuna, Doudna sabe poner el contrapunto a todo ese sensacionalismo con una relación seria de los riesgos y las responsabilidades que entrañan aplicaciones como la alteración del genoma de poblaciones enteras mediante genética dirigida [véase «Riesgos de la edición genética», por Jeantine Lunshof; Investigación y Ciencia, agosto de 2015]. En 2015 tuvo dudas de que CRISPR llegara a ser algún día lo bastante seguro como para emprender ensayos clínicos, pero ha acabado abrazando la edición de la línea germinal humana (la modificación heredable del ADN) una vez demostrada su seguridad [véase «Modificar nuestra herencia», por Stephen Hall; Investigación y Ciencia, noviembre de 2016].

Con todo, el análisis no acaba de convencer. Cuando llega el momento de abordar las cuestiones delicadas, como la experimentación con seres humanos, rehúsa hacerlo y comienza a desgranar una serie de preguntas retóricas. Antes que guiarnos a través de los espinosos dilemas éticos que plantea la ingeniería genética de precisión, o de ofrecernos una mirada franca, con todos sus defectos, de una de las grandes científicas de nuestra época, el libro se dedica sobre todo a ensalzar su imagen de «buena científica» y justifica el camino sin trabas que la evolución humana tomará por sí misma, con unos generosos márgenes de seguridad, eficacia y elección personal.

En lugar de disipar la sensación de estar leyendo sobre una batalla épica con caracteres cinematográficos, Doudna se recrea en ello. Se nos presenta como una persona tan inmaculada que parece querer ocultar algo en lugar de revelarlo. Deja a un lado la enconada disputa por las patentes calificándola como un «giro descorazonador» de la historia, aunque todo el mundo en la comunidad biomédica sabe que fue mucho más que eso. A medida que leía A crack in creation me venía a la cabeza «el hombre benévolo» de Benjamin Franklin, el cual «debe permitirse algunos defectos para no desconcertar a sus amigos» y —añadiría— para ganar en profundidad.

La narración sustituye a menudo el melodrama por tensión dramática. Una conferencia celebrada en Puerto Rico acaba con Charpentier y Doudna caminando por las callejas adoquinadas del Viejo San Juan, con Charpentier diciéndole seriamente: «Estoy segura de que si trabajáramos juntas podríamos descifrar la actividad [de la que acabaría siendo la enzima Cas]». «Sentí un escalofrío de emoción cuando vislumbré las posibilidades del proyecto», escribe. En su primer pulso con los dilemas éticos de la edición génica, sueña con un encuentro en el que Adolf Hitler le exige que desvele los secretos de la técnica. Por supuesto, se despierta sin angustia y decidida a que CRISPR no se destine nunca a fines perversos.

Sin duda, el principal propósito de A crack in creation es demostrar que Doudna es la auténtica heroína de CRISPR. Y en último término, a pesar de los defectos del libro, estoy convencido de que así es. Tanto los nominadores como el comité de los premios Nobel deberían leerlo. Ello no obstante, los entusiastas de CRISPR aún aguardamos un relato satisfactorio, perspicaz, franco y contextualizado.

 

Artículo original publicado en Nature, vol. 546, págs. 30-31, 1 de junio de 2017.
Traducido con el permiso de Macmillan Publishers Ltd. © 2017

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