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  • Octubre 2017Nº 493

Conservación

Desplazar a las especies en peligro

A fin de salvar las especies amenazadas por el cambio climático, hay quien plantea su traslado a zonas nuevas, una propuesta no exenta de riesgo.

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En la isla North Brother, un peñasco bañado por las aguas del estrecho de Cook, en Nueva Zelanda, una colonia de lagartos vestigio del pasado más remoto se está masculinizando con rapidez. En los años noventa, cuando el desequilibrio se estudió por vez primera, la proporción de sexos era del 62,4 por ciento, y desde entonces no ha cesado de empeorar hasta superar ya el 70 por ciento. Se acusa de ello al cambio climático: la temperatura del suelo determina el sexo de los embriones del tuátara. Las temperaturas frías favorecen la feminización y las cálidas la masculinización. Cuando el calentamiento empuje la cifra de los machos hasta el 85 por ciento, los tuátaras de North Brother caerán irremediablemente en lo que los biólogos llaman una espiral de extinción.

Para el tuátara y muchas otras especies amenazadas por el calentamiento del planeta, la reubicación en lugares nunca habitados por ellos, lo que se conoce como colonización, o migración, asistida, está comenzando a convertirse en su única esperanza de salvación. «Preferiríamos hacer algo un poco más natural», declara Jessica Hellman, ecóloga de la Universidad de Minnesota y una de las primeras especialistas en poner sobre la mesa la idea de la colonización asistida. Sería mejor que la especie cambiara su área de distribución por sí sola, a través de corredores naturales por los que andaría en busca de un nuevo hogar antes de que el antiguo dejara de ser habitable. Pero, para muchas especies insulares y montanas, el desplazamiento a gran distancia simplemente no es posible, aclara Hellman. En otros casos, los viejos corredores ya no existen porque el desarrollo humano los ha fragmentado.

La idea de la colonización asistida como método de conservación ha suscitado encendidas críticas, empero, a causa del riesgo de desastre ecológico, tanto para la especie reubicada como para el hábitat de acogida. Además, muchos conservacionistas han dedicado su vida a recuperar especies en lugares donde solían vivir 100 o 200 años atrás, como el lobo gris en Yellowstone o el bisonte en las Grandes Llanuras de EE.UU. Imaginar nuevos lugares donde podrían vivir en un futuro indefinido suena a herejía.

Pero, a medida que la devastación sembrada por el cambio climático se ha ido haciendo más y más evidente, las críticas han dado paso a las directrices sobre cómo y cuándo proceder al traslado de especies, y a una creciente aceptación, a regañadientes, de la colonización asistida. Una encuesta entre 2300 expertos en biodiversidad, publicada en 2015 en la revista en línea Elementa: Science of the Anthropocene, constató que la mayoría estaban a favor de la idea, con una clara condición: siempre que evitara la extinción de la especie de interés y supusiera un riesgo mínimo o nulo para el hábitat de acogida.

Fuera de los límites

La necesidad de concebir planes para lo que serían evacuaciones de emergencia se hizo dolorosamente patente en noviembre de 2015, cuando un incendio forestal asoló el hábitat de uno de los mamíferos más amenazados del planeta, un pequeño marsupial llamado rata canguro de Gilbert, en una región afectada por la sequía en Australia Occidental. El incendio mató a quince de la veintena de individuos que se calcula que habitaban en la reserva, donde esta especie fue redescubierta en 1994 tras ser dada por extinta durante más de un siglo. La destrucción de ese hábitat hubiera supuesto su condena a la extinción de no ser porque, años después de su redescubrimiento, se decidió fundar otra colonia en las cercanías.

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