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El derecho a la libertad cognitiva

Una nueva técnica de neuroimagen podría revelar, e incluso modificar, nuestros pensamientos íntimos.

CHRISTIAN DELLAVEDOVA

La concepción de la mente humana como reducto inexpugnable del individuo perdura desde hace siglos, pero podría tener los días contados. Los sofisticados aparatos de neuroimagen y las interfaces cerebro-ordenador detectan la actividad eléctrica de las neuronas y permiten descifrar, e incluso alterar, las señales del sistema nervioso que acompañan a los procesos mentales. Y si bien tales avances ofrecen enormes posibilidades en el campo de la investigación médica y de la medicina aplicada, plantean un dilema ético, legal y social de primer orden: decidir en qué supuestos será legítimo acceder o interferir con la actividad neural de una persona.

Esta cuestión reviste especial relevancia en el ámbito social, puesto que numerosas neurotécnicas han traspasado el ámbito médico para entrar en el circuito comercial. Los intentos por descifrar el pensamiento a través de las neuroimágenes también han llegado a las esferas judiciales, a veces de forma científicamente cuestionable [véase «Tomografías y resonancias cerebrales ante los tribunales»; Scott T. Grafton y otros en Mente y Cerebro n.o 27, 2007]. En 2008, una mujer india fue acusada de asesinato y sentenciada a cadena perpetua a tenor de los resultados de una resonancia cerebral que, según el juez, revelaban «conocimiento de primera mano» sobre el crimen. El posible uso de las técnicas neurales como detector de mentiras en interrogatorios ha suscitado especial interés, y a pesar de las reservas de los expertos, algunas empresas ya están comercializando el empleo de la resonancia magnética y la electroencefalografía como métodos para discernir entre la verdad y la mentira. Por su parte, los militares están experimentando con las técnicas de control para otros fines: mejorar el estado de alerta y la atención de los combatientes a través de la estimulación cerebral.

Dado el carácter sagrado de nuestra intimidad mental, posiblemente no estaremos dispuestos a tolerar la intromisión de las técnicas que «leen» el pensamiento. De hecho, al considerar esas técnicas, la gente podría ver la necesidad de redefinir los derechos humanos elementales e incluso de crear derechos específicos en relación con la mente y el pensamiento.

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