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1 de Octubre de 2017
Política

Prospecciones espaciales

La minería en asteroides pone a prueba los límites del derecho internacional.

La nave de la NASA OSIRIS-REx en el asteroide Bennu, rico en agua (recreación artística). La misión pretende traer una muestra de roca a la Tierra para su estudio científico. [CORTESÍA DE LA NASA, LABORATORIO LUNAR Y PLANETARIO, UNIVERSIDAD DE ARIZONA Y LOCKHEED MARTIN]

El Tratado del Espacio Exterior (TEE) cumple 50 años este mes de octubre. El acuerdo fundacional de 1967 establece que el espacio pertenece «a toda la humanidad» y prohíbe colonizar objetos celestes o usarlos con fines militares a los casi cien Estados que lo han ratificado o se han adherido a él. Ahora, el acuerdo está tomando una renovada importancia ante una posibilidad que ya asoma en el horizonte: la minería en asteroides, algo apenas imaginable cuando se redactó el tratado pero que hoy se ha convertido en una realidad cercana.

Dos compañías estadounidenses, Deep Space Industries y Planetary Resources, ya están trabajando en ello. Su meta consiste en suministrar desde el espacio recursos como agua, combustible para cohetes y materiales de construcción, cuyo transporte desde la Tierra resulta prohibitivo. Ambas empresas afirman que tienen planeado lanzar naves prospectoras a asteroides a finales de 2020, si bien piensan ensayar en órbitas terrestres bajas este mismo año. Su ambicioso calendario incluye operaciones de minería a gran escala para la segunda mitad de la década de 2020.

John Lewis, científico jefe de Deep Space Industries, explica que el recurso que presenta menos dificultades es el agua, la cual puede convertirse en hidrógeno y oxígeno para combustible. Esta sustancia esencial para la vida da cuenta de hasta el 10 por ciento de la masa de los asteroides, donde se encuentra apresada en minerales similares a la mica terrestre. No obstante, es posible extraerla junto a otras sustancias volátiles, como el nitrógeno o compuestos de azufre, cociendo el material en un horno solar. La adaptación de las técnicas de minería terrestre posibilitaría asimismo obtener hierro de los asteroides.

Para ello, sin embargo, una compañía tendría primero que sacar la materia prima de allí, algo que países como Rusia, Brasil o Bélgica ven como una violación del TEE. Aunque este no menciona explícitamente la minería, una de sus cláusulas principales prohíbe la «apropiación nacional» de los cuerpos celestes. Puede argumentarse que ese principio debería también aplicarse a la extracción de recursos, aunque lo cierto es que el acuerdo «no ofrece mucha guía al respecto», reconoce Frans von der Dunk, profesor de derecho espacial de la Universidad de Nebraska-Lincoln.

Von der Dunk añade que quienes proponen la explotación minera de los asteroides equiparan su condición a la de «bien comunal mundial» que impera en mar abierto: ningún Estado puede colonizar el Atlántico, pero cualquiera puede pescar en él. Brian Israel, asesor legal de Planetary Resources, y otros expertos defienden que, de igual modo, usar material extraído de un asteroide no constituiría una apropiación.

Varios Gobiernos han abrazado esa interpretación. El Departamento de Estado de EE.UU. viene sosteniendo desde hace décadas que el TEE sí permite la explotación comercial. En 2015, el Gobierno del país fue más allá cuando el entonces presidente, Barack Obama, firmó una ley que reconocía a los ciudadanos estadounidenses los derechos de propiedad de los recursos procedentes de asteroides, al tiempo que autorizaba un programa de concesión de licencias para su explotación minera. Luxemburgo, que maniobra para convertirse en un nodo mundial de la minería espacial, aprobó hace poco una ley parecida. Brian Israel sostiene que, al establecer regímenes de licencias nacionales, se satisface el requisito del TEE según el cual los Estados garantizarán que los ciudadanos se atengan al tratado.

Pero no todo el mundo es tan optimista. En otros territorios considerados bienes mundiales, como la Antártida, los criterios para la extracción se rigen por tratados mucho más detallados, señala Joanne Gabrynowicz, directora emérita del Journal of Space Law. Von der Dunk añade que, a falta de ese tipo de clarificaciones, quienes se oponen a la minería espacial unilateral defienden que «si el espacio exterior es de todos, los recursos también». Por tanto, antes de que los entes privados puedan emprender explotaciones mineras, los países deberán acordar la creación de un organismo para la concesión internacional de licencias y el reparto de los beneficios. Ese argumento es especialmente bienvenido entre los países en desarrollo, quienes ven un paralelismo con la historia colonial, llena de invasiones de territorios y saqueo de recursos, añade Gabrynowicz.

No obstante, las perspectivas de un nuevo marco internacional se antojan oscuras. El Acuerdo Lunar, un intento previo de explicitar tales reglas, sigue sin ser ratificado por ningún país de importancia aeroespacial ante el miedo de que una cláusula obligue a repartir los beneficios. Y el apetito mundial por nuevos tratados parece escaso. Von der Dunk espera que, en los próximos años, el resto del mundo acabe adoptando un punto de vista similar al de Estados Unidos. Pero Nicolas Lee, investigador de Stanford, augura que no ocurrirá nada «hasta que una empresa realmente vaya allí y haga algo».

Puede que ese día esté más cerca de lo que parece. Lindy Elkins-Tanton, investigadora principal de una futura misión de la NASA al asteroide metálico Psique [véase «La formación de los planetas del sistema solar», por Lindy Elkins-Tanton; Investigación y Ciencia, febrero de 2017], afirma que otras misiones previas ya han demostrado que la tecnología necesaria para acercarse a un asteroide —si no para aterrizar en él— ya está lista. Y la nave de la NASA OSIRIS-REx ya está en ruta hacia Bennu, un asteroide rico en agua del que pretende traer una muestra de roca para su estudio científico. Dante Lauretta, investigador principal de la misión y asesor de Planetary Resources, cree que la tecnología empleada en OSIRIS-REx se trasladará casi por completo a proyectos comerciales [véase «Siete años de misión para reunir 60 gramos de asteroide», por Dante Lauretta; Investigación y Ciencia, septiembre de 2016]. Al mismo tiempo, los costes de las misiones espaciales están cayendo en picado gracias a la boyante industria espacial privada.

Para Lauretta, que compara la fase actual a «ir levantando piedras para ver dónde están las pepitas de oro», las técnicas de procesamiento de materiales en el espacio aún no están listas. Pero Lee no tiene dudas de que alguien pondrá en marcha una explotación minera antes o después. Cuando eso ocurra, las empresas y los reguladores tendrán que encontrar un equilibrio saludable entre múltiples intereses. «La exploración no siempre ha sido algo positivo», recuerda Elkins-Tanton. «Ahora tenemos una oportunidad de hacerlo mejor.»

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