El genoma gigante de las salamandras

La gran cantidad de ADN basura deforma el cuerpo de estos anfibios. Sin embargo, su sorprendente pervivencia obliga a repensar la evolución.

El necturo del río Neuse pasa la vida en el agua, posado en el fondo, alimentándose de los insectos que nadan a su alcance. [Andrew Hetherington]

En síntesis

Cuando se descubrió el ADN se supuso que las especies más desarrolladas y complejas tendrían más genes y, por tanto, genomas más voluminosos. Pero pronto se observó que ciertos animales simples, como las salamandras, albergaban docenas de veces más ADN que las de los humanos.

Su genoma contiene muchos más transposones, elementos no codificantes que se insieren a lo largo de él de forma repetitiva. Estos influyen en las deformaciones anatómicas y el lento desarrollo de estos anfibios, aunque también los dota de la capacidad de regeneración.

Se postula que este ADN repetitivo es un material útil para la evolución. La cantidad que una especie es capaz de acumular guarda relación con su velocidad de desarrollo, ritmo metabólico y modo de vida.

Uno diría que el necturo del río Neuse vive una existencia cansina, como si soportase un lastre invisible. Esta salamandra parda y moteada, larga como una mano, se aleja raras veces de su escondrijo bajo las piedras o los troncos caídos en los ríos de Carolina del Norte. «Caza» inmóvil, posada en el fondo, a la espera de que un insecto nade a su alcance, momento en el que se abalanza sobre él para engullirlo en un acto reflejo. Toda su vida transcurre en el agua, en forma de larva agrandada que deja inconclusa la metamorfosis, sostenida por unas patas enclenques, con dedos a medio brotar, el maxilar superior atrofiado y branquias plumosas que no pierde en la madurez. 

Si se la observa más de cerca, sale a relucir otra rareza: las células del cuerpo son hasta 300 veces mayores que las de un lagarto, un ave o un mamífero. Con un microscopio simple es posible ver los glóbulos rojos en circulación por los capilares de las branquias transparentadas. 

Con otras salamandras, este necturo (Necturus lewisi) forma parte de un enigma que hemos comenzado a desentrañar no hace mucho. La causa de tan peculiares rasgos es una carga oculta: cada célula está henchida de ADN, pues alberga 38 veces más que una célula humana. Posee el mayor genoma entre los tetrápodos terrestres. Los únicos animales equiparables son los peces pulmonados, de similares hábitos pausados. 

El genoma de gran parte de los mamíferos, aves, reptiles y peces está compuesto por entre 500 y 6000 millones de pares de bases de ADN: un margen estrecho. Los pares de bases forman los genes, enlazados en una larga cadena que conforma el genoma del animal. En cambio, el de las salamandras muestra una gama de tamaños inaudita, de entre 10.000 y 120.000 millones de pares de bases (entre 10 y 120 gigabases). Y no es que posean más genes que los demás, es que el genoma rebosa de segmentos de ADN «basura», que se han multiplicado sin freno. Todos los aspectos de su día a día están dominados por esa desmesura, que ha empujado a las salamandras a la senda lenta de la existencia. Se abren paso por la vida, que puede prolongarse 100 años, con un cuerpo a medio hacer, un cerebro reducido y un corazón tan delgado como el papel de liar. 

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