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1 de Abril de 2018
Arqueología

Antíoco I: la religión como ­instrumento de cohesión social

El túmulo funerario de Antíoco I, en la cima del monte Nemrut, obedece a un medido cálculo: el rey se presentó como un dios para unir a la población de origen griego y persa mediante un culto común.

En la terraza situada al este del túmulo funerario, el rey se presenta como un dios entre dioses. El transcurso de los siglos ha destruido las estatuas casi en su totalidad; solo las cabezas se conservan en buen estado. [BAHADIR TANRIOVER/ISTOCKPHOTO]

En síntesis

Entre los años 69 y 36 a.C., Antíoco I fue soberano del pequeño reino de Comagene, en la orilla del Éufrates. Gracias a una gran habilidad diplomática, supo mantener alejados tanto al Imperio romano como al parto.

Sin embargo, su mandato también se enfrentaba a tensiones internas, ya que en la élite social convivían persas y griegos. A fin de evitarlas, Antíoco se presentó como un descendiente divinizado de Darío I y Alejandro Magno.

Para canalizar ese culto común, el soberano ordenó construir un gran mausoleo en el monte Nemrut, al sur de la actual Turquía. Las esculturas e inscripciones resaltaban el carácter divino del rey y daban instrucciones para el culto.

Cuando Antíoco I ocupó el trono de Comagene, en el año 69 a.C., heredó un reino con amenazas tanto internas como externas. Por un lado, Comagene era uno de los pequeños reinos situados a orillas del Éufrates que formaban una zona de contención entre el Imperio romano, al oeste, y el Reino parto (en el actual Irán), al este. Por otro, su población estaba integrada por diferentes etnias con distintas culturas. Había arameos y armenios, cuyos antepasados se habían establecido en este fértil territorio, a los que se sumaban los descendientes de los hititas. Con todo, las dos culturas que chocaban directamente eran la oriental y la occidental, pues la élite social estaba formada por persas y griegos. Los primeros aspiraban a una mayor aproximación a los partos, mientras que los griegos se sentían más seguros al amparo del Imperio romano.

Un combativo ejército de arqueros a caballo y la habilidad táctica consiguieron mantener las distancias entre las dos grandes potencias durante largo tiempo. Antíoco casó a su hija Laodice con el rey parto Orodes II, pero al mismo tiempo se denominaba a sí mismo «amigo de los romanos y de los griegos». Así, en el año 51 a.C. llegó a filtrar información a Marco Tulio Cicerón, el administrador de la vecina Cilicia, sobre una inminente incursión parta en la provincia romana de Siria.

La estrategia dio sus frutos. Al inicio de su reinado, como vasallo todavía del emperador Tigranes de Armenia, AntíocoI formó parte de una coalición antirromana, situándose por tanto en el lado de los perdedores. Sin embargo, supo resaltar las ventajas que, por su ubicación, ofrecía Comagene para asegurar la frontera contra los partos. Cuando, en el invierno del año 65-64 a.C., el general romano Cneo Pompeyo Magno reorganizó el mapa político de Asia Menor y de Oriente Próximo en una reunión con los mandatarios de la zona, no solo respetó a Comagene, sino que amplió el territorio bajo el dominio de Antíoco con la ciudad de Seleucia, situada a orillas del Éufrates, que los romanos conocían con el nombre de Zeugma. Este importante paso fluvial proporcionó al rey cuantiosos ingresos en calidad de aranceles.

Antíoco recurrió a estos beneficios cuando en el Imperio romano se desató la guerra civil tras la muerte de Julio César y uno de sus protagonistas, Marco Antonio, intervino en Oriente en su lucha por el poder. En el año 38 a.C. intentó sustituir a Antíoco por un tal Alejandro, además de exigirle el pago de 1000 talentos de plata para financiar la campaña que pretendía acometer contra los partos. Pero el asedio de Samósata, capital de Comagene, resultó ser una pérdida de tiempo, puesto que al mismo tiempo las tropas de caballería de Comagene atacaron a las columnas de avituallamiento romanas. Tras tensas negociaciones, Marco Antonio se conformó con 300 talentos y permitió que Antíoco conservara su cargo y sus dignidades.

Ascendencia divina

La misma habilidad que Antíoco demostró en política exterior la supo aplicar también al gobierno de su país. Por la rama paterna podía remontar su origen a Darío I (522-486 a.C.), uno de los reyes más importantes de la dinastía persa de los aqueménidas. Al mismo tiempo, y a través de su antecesor Seleuco I Nicátor (312-281 a.C.), prolongó su línea materna hasta Alejandro Magno (336-323 a.C.), una ficción propagada ya en el siglo II a.C. por la casa real seléucida. Así pues, lo que no había conseguido el gran conquistador macedonio se había hecho realidad —este era el mensaje— en el rey de Comagene: la unión de Oriente y Occidente.

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