Pongamos telescopios en la Luna

Nos ofrecerían una oportunidad única de vislumbrar los comienzos del universo.

HONGLOUWAWA/ISTOCKPHOTO

Los planes para regresar a la Luna son cada vez más serios. El presidente Donald Trump ha declarado que la próxima vez que despeguen astronautas estadounidenses se dirigirán allí; la ESA ha hecho un llamamiento para instalar una aldea humana en el polo sur lunar; China pretende poner un enclave humano en el satélite, y los empresarios desean extraer de él minerales y fabricar combustible para continuar con la exploración espacial. Pero esas iniciativas son más técnicas y económicas que científicas. No prevén incluir un recurso excepcional: un radiotelescopio lunar, un instrumento que permitiría indagar en nuestros orígenes cósmicos, uno de los enigmas más profundos de la humanidad.

La cara oculta de la Luna es el mejor lugar del sistema solar interior para estudiar las ondas de radio de baja frecuencia, que es la única manera de detectar ciertas huellas débiles que la gran explosión dejó en el cosmos. Los radiotelescopios terrestres sufren demasiadas interferencias debido a la contaminación electromagnética humana como para obtener una señal clara. Además, la ionosfera de la Tierra bloquea las longitudes de onda más largas, que ni siquiera llegan a esos telescopios. Necesitamos estas señales para saber si el universo se infló rápidamente en la primera fracción de segundo después de la gran explosión, y cómo lo hizo.

La clave para entender esos primeros eventos son las reliquias que dejaron atrás. Una es un mar de radiación electromagnética que nos llega desde todas las direcciones del cielo. Liberada unos 380.000 años después de la gran explosión, esta radiación se enfrió con el tiempo hasta alcanzar las frecuencias de las microondas, y ahora se conoce como el fondo cósmico de microondas.

Los fotones dispersados imprimieron patrones sobre este fondo: vestigios de los «pozos» gravitatorios que sirvieron como semillas para las galaxias y otras grandes estructuras del universo. Los estudios de los telescopios terrestres y los satélites en órbita han cartografiado millones de estas pequeñas perturbaciones para calcular la edad del universo, la tasa de expansión y las cantidades relativas de materia visible, materia oscura y energía oscura. Pero estos proyectos no pueden detectar de forma fidedigna las huellas que predice la inflación. Para ello, debemos encontrar señales que han viajado distancias fabulosas y que corresponden a los primeros cien millones de años del universo, antes de la formación de las primeras estrellas. Debemos mirar más allá de los miles de millones de galaxias observables y estudiar los componentes básicos a partir de los que se formaron: billones de nubes de hidrógeno gaseoso.

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