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1 de Julio de 2006
Astrofísica

El origen de las fulguraciones solares

La astronomía de observación comienza a desentrañar los mecanismos que causan estas inmensas erupciones de la atmósfera del Sol.

A finales de octubre y primeros de noviembre de 2003 se observaron algunas de las fulguraciones solares más intensas jamás registradas. Esas emanaciones masivas de partículas cargadas llegaron con toda claridad a la Tierra y a sus cercanías, a 150 millones de kilómetros de distancia de su fuente solar. La lluvia de partículas que alcanzó nuestros aledaños espaciales fue tan intensa en algunos momentos, que hubo que desactivar temporalmente muchos satélites científicos y de comunicaciones. Algunos sufrieron incluso daños irreversibles. Los astronautas de la Estación Espacial Internacional corrieron peligro también; se refugiaron en su módulo de servicio, hasta cierto punto bien blindado. Más cerca de casa, las rutas de las líneas aéreas fueron desviadas de las latitudes altas, donde a los pilotos les habría sido difícil comunicarse por radio y donde los pasajeros y la tripulación habrían recibido niveles de radiación preocupantes. Se vigilaron con especial atención las redes eléctricas para evitar excesos de tensión. A pesar de todos los esfuerzos, unos 50.000 residentes del sur de Suecia sufrieron un breve apagón.
Por fortuna, el campo magnético y la atmósfera de la Tierra nos protegen de los estragos de las tormentas solares, incluso de las peores. Sin embargo, la creciente dependencia social de las nuevas técnicas nos vuelve en cierta medida vulnerables [véase "Tormentas espaciales", por James L. Burch; INVESTIGACIÓN Y CIENCIA, junio 2001]. El mayor peligro potencial de una fulguración vigorosa reside en la materia arrojada a alta velocidad desde la atmósfera del Sol, las eyecciones de masa coronal, en el argot científico. Algunos de estos sucesos proyectan cantidades gigantescas de gas ionizado por trayectorias de colisión con la Tierra. Así ocurrió en varias de las intensas fulguraciones de 2003.

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