Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Ciencia, cientificismo e identidad humana

El conocimiento biológico no ha cesado de modificar nuestra concepción del ser humano.

Frontispicio de Evidence as to man's place in nature (1863), de Thomas Henry Huxley. [WIKIMEDIA COMMONS/DOMINIO PÚBLICO]

La más icónica de las ilustraciones de la obra de Thomas Henry Huxley, Evidence as to man’s place in nature (1863), representa una serie de esqueletos de primates marchando hacia el futuro: «gibón, orangután, chimpancé, gorila, hombre». Desde el punto de vista científico, gracias a las pruebas aportadas por la anatomía y la paleontología, no cabía ya ninguna duda sobre la posición del ser humano en la escala natural: aun encabezándola, pertenecía al reino animal.

Desplazado por Nicolás Copérnico del centro del universo, Charles Darwin acababa de desplazar al ser humano del centro del mundo viviente. Al margen del descenso de estatus, que preocupaba mucho a Darwin pero no a Huxley, el mensaje de fondo era inequívoco: solo la ciencia podía abordar la que para Huxley era la cuestión fundamental, «el lugar del ser humano en la naturaleza y su relación con el universo de las cosas».

Ingenioso y provocador, «el bulldog de Darwin» era uno de los ensayistas más solicitados de su tiempo. En el número de 16 de diciembre de 1869 de la revista Nature, Huxley propuso lo que entonces se denominó «darwinismo práctico» y hoy conocemos por eugenesia. Convencido de que la pervivencia del Imperio Británico dependía del «emprendedor y enérgico» carácter inglés, especuló con la posibilidad de seleccionar a los británicos según su actitud. Consciente de los dilemas legales y éticos, aventuró que «tal vez sea posible influir, indirectamente, sobre el carácter y la prosperidad de nuestros descendientes». Francis Galton, primo de Darwin y planeta exterior del sistema solar de Huxley, ya había publicado ideas similares. Con el tiempo sería considerado el padre de la eugenesia. La idea de «mejorar» la herencia humana a fin de consolidar el imperio estaba en muchas mentes.

La confianza de Huxley en el progreso inexorable de la ciencia, y la consecuente mejora y triunfo de la humanidad, ejemplifica bien la ambivalencia del ideal de la Ilustración. Las sociedades modernas se han guiado por la razón, los hechos y las verdades universales, lo que en muchos casos les ha permitido progresar. Sin embargo, la navaja de Ockham es de doble filo. Los valores ilustrados han avalado ideas tan disonantes entre sí como la de que todos los hombres nacen iguales, que es legítimo decapitar aristócratas y que se puede traficar con personas.

Algunos de los peores capítulos de la historia son atribuibles al cientificismo, la ideología según la cual la ciencia es el único modo válido de comprender el mundo y solucionar los problemas sociales. Mientras la ciencia ha ampliado y liberado nuestra concepción del ser humano, el cientificismo la ha limitado.

A lo largo de los últimos 150 años hemos constatado que tanto la ciencia como el cientificismo han configurado nuestra percepción de la identidad humana. La psicología del desarrollo puso énfasis en la inteligencia y transformó lo que originalmente era una herramienta pedagógica, el cociente intelectual, en un instrumento de control social. La inmunología redefinió lo «propio» en términos de lo «no-propio». La teoría de la información aportó nuevas metáforas, al describir la identidad en términos de un texto o de un esquema eléctrico. La biología molecular y celular ha cuestionado en las últimas décadas los límites del individuo [véase «¿Qué es un organismo individual?», por Arantza Etxeberría; Investigación y Ciencia, mayo de 2013]. Las tecnologías reproductivas, la ingeniería genética y la biología sintética han hecho que la naturaleza humana sea más maleable. La epigenética y la microbiología han problematizado la idea de autonomía e individualidad. En la era de la biotecnología y las tecnologías de la información, el yo está distribuido, disperso y atomizado.

Las identidades individuales, de raíz biológica, no habían sido nunca tan relevantes socialmente, pese a que sus límites y parámetros no dejan de difuminarse.


Los designios de la inteligencia

En 1907, el psicólogo francés Alfred Binet proclamó la necesidad «de introducir métodos de precisión científica en todos los ámbitos de la pedagogía y la educación, a fin de aportar claridad y buen sentido». Binet había desarrollado junto a Théodore Simon una serie de tests para medir la «edad mental» de los escolares franceses. Si la edad mental de un niño era menor que su edad cronológica, se le podía ayudar a reducir la diferencia [véase «Alfred Binet o los orígenes del cociente intelectual», por Serge Nicolas; Mente y Cerebro, n.o 23, 2007]. El psicólogo alemán William Stern denominó «cociente intelectual» al resultado que se obtiene al dividir la edad mental por la cronológica; un valor que, en teoría, permitía la comparación entre grupos. Charles Spearman, estadístico y eugenista británico de la escuela de Galton, observó la correlación entre los resultados de las distintas pruebas realizadas por un niño y la explicó a partir de una cualidad innata, fija y subyacente, a la que denominó g, por «inteligencia general». El psicólogo estadounidense Henry Goddard, bajo el influjo del eugenista Charles Davenport, afirmó que un cociente intelectual bajo era una característica mendeliana simple. Así, paso a paso por la senda del cientificismo, el cociente intelectual dejó de medir el rendimiento pasado de un niño para predecir su rendimiento futuro [véase «Origen y evolución del test de inteligencia», por Annette Mülberger; Mente y Cerebro, n.o 73, 2015].

El cociente intelectual ya no medía resultados sino identidades, puntuando el valor inherente de cada persona. En la era Progresiva, los eugenistas explicaron la criminalidad, la pobreza, la promiscuidad o la enfermedad a partir de la escasa capacidad intelectual. Cuando Adolf Hitler empezó a aplicar la eugenesia a grupos étnicos o culturales, decenas de miles de personas en todo el mundo habían sido ya esterilizadas o internadas para evitar que sus genes pervivieran.

Yo no

Los inmunólogos adoptaron otra estrategia. Situaron la identidad en el cuerpo y en lugar de definirla en términos absolutos, lo hicieron a partir de la relación entre lo propio y lo no-propio. El rechazo de tejidos implantados, las alergias y las reacciones autoinmunitarias no eran síntomas de una guerra, sino de una crisis de identidad, lo que implicaba entrar de lleno en consideraciones filosóficas. Para el historiador Warwick Anderson, de la Universidad de Sídney, en el ámbito de la inmunología el pensamiento biológico y el social «se han mezclado promiscuamente bajo las palmeras, en un ambiente tropical».

El Platón de la inmunología fue el científico australiano Frank Macfarlane Burnet, galardonado con el Nobel de medicina en 1960. Su concepción de la disciplina como la ciencia de lo propio derivaba directamente de su lectura del filósofo Alfred North Whitehead. Recíprocamente, científicos sociales como Jacques Derrida, Bruno Latour o Donna Haraway han aplicado los conceptos y las imágenes de la inmunología a la comprensión del yo en sociedad. El pensamiento científico y el pensamiento social están profundamente interrelacionados y en resonancia, porque se construyen mutuamente. No podemos entender al uno sin el otro.

Burnet adoptó nuevas metáforas de la cibernética y la teoría de la información. En 1954 expresó su convencimiento de que «el espíritu de nuestro tiempo» presagiaba la aparición de «una “teoría de la comunicación” del organismo vivo», como así fue. Los biólogos moleculares adoptaron simultáneamente metáforas relativas a la información. El descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN, en 1953, solucionó el problema del código genético e hizo casi inevitable el uso de analogías relacionadas con el texto y la comunicación. Los biólogos moleculares hablaban de «transcripción», «traducción», «mensajeros», «transferencias» y «señales». El genoma se deletrea con un alfabeto de cuatro letras y casi siempre nos referimos a él como un texto, ya sea un libro, un manual, o un listado. No es casual que la biología molecular se desarrollara al mismo tiempo que la informática y la industria de los ordenadores.

El yo de posguerra era una clave que había que descifrar. Las secuencias de ADN podían ser digitalizadas. Sus mensajes podían ser interceptados, descifrados y programados. Era muy difícil no pensar en la naturaleza humana en términos de información. En los años sesenta, el ADN era conocido como «el secreto de la vida».


Múltiples yos

Desde finales de los sesenta, algunas voces críticas, incluidas las de científicos, mostraron su preocupación ante la nueva concepción del ser humano. En 1971, el polémico premio nóbel James Watson escribía que las implicaciones sociales y éticas de la nueva biología eran «demasiado importantes para dejarlas en manos de la comunidad científica y médica».

En 1978, Patrick Steptoe y Robert Edwards consiguieron fecundar in vitro a un ser humano. Louise Brown se convertía así en el primer «bebé probeta». En 1996, un equipo liderado por Ian Wilmut clonó una oveja a la que llamaron Dolly. La clonación humana parecía estar a un paso.

La clonación y la ingeniería genética han generado muchas preguntas pero han aportado pocas respuestas. La creación de un ser humano genera tanta fascinación como terror. ¿Qué tipo de persona sería? ¿Tendría los mismos derechos que cualquier otra persona? Un bebé concebido para la donación de tejidos, ¿ha sido deshumanizado? ¿Tenemos derecho a modificar los genes de aquellos que no han nacido? O, más bien, se argumenta provocativamente, ¿tenemos la obligación de hacerlo? El desarrollo de potentes técnicas de edición genética, como CRISPR, exige ampliar la participación en la toma de estas decisiones.

Los argumentos a favor o en contra de la ingeniería genética suelen basarse en una concepción determinista de la identidad genética. El cientificismo es un arma de doble filo. Desde un punto de vista reduccionista, puede localizarse la naturaleza humana en el interior del núcleo de la célula. En 1902, el médico inglés Archibald Garrod introdujo la idea de una «individualidad química» de carácter genético. En los años noventa, cuando el primer tsunami de secuencias genómicas alcanzó las costas de la ciencia básica, se hizo evidente que la variación genética humana era mucho mayor de lo esperado. Garrod ha devenido un tótem de la era genómica.

A finales del siglo XX, los más visionarios anunciaban una «medicina personalizada» basada en el genoma. Lejos de las tallas únicas, el diagnóstico y la terapia se harían a la medida del ADN de cada uno. El Proyecto Genoma Humano hizo caer en picado el coste de la secuenciación genómica y la puso al alcance de la cultura de masas.

Las universidades más proclives al uso de la tecnología ofrecen perfiles genómicos a sus estudiantes de nuevo ingreso. Hay empresas que utilizan el genoma para ofrecer a sus clientes compras personalizadas, desde listas de vinos a complementos nutricionales, pasando por todo tipo de productos cosméticos. La secuencia genómica es el yo. El kit de secuenciación de la empresa 23andMe lo indica claramente: «Bienvenido a ti» («Welcome to you»).

¿Dónde están los límites?

Solo que tu genoma no lo es todo, ni mucho menos [véase «¿El horóscopo en mi genoma?», por Michael Shermer; Investigación y Ciencia, mayo de 2019]. La concepción del ADN como plan maestro ha caducado. Para empezar, no todas las células del cuerpo tienen los mismos cromosomas. Las mujeres cisgénero son mosaicos: la inactivación aleatoria de un cromosoma X de cada célula significa que la mitad de las células de una mujer expresan los cromosomas X de su madre y la otra mitad los de su padre. Las madres son quimeras que intercambian células con el feto a través de la placenta.

También se da quimerismo entre especies. Existen embriones chimpacé-humano de laboratorio y se investiga la formación en cerdos de órganos humanos inmunotolerantes [véase «Órganos humanos fabricados dentro de animales», por Juan Carlos Izpisúa Belmonte; Investigación y Ciencia, enero de 2017]. Los genes, las proteínas y los microorganismos fluyen a través de las formas de vida sin solución de continuidad. John Lennon tenía razón: «Yo soy él como tú eres él como tú eres yo y todos somos juntos» («I am he as you are he as you are me and we are all together»).

Lo cierto es que, en términos estrictamente científicos, somos algo más que el contenido de nuestros cromosomas. El cuerpo humano contiene tantas células no humanas (bacterias, arqueas y hongos) como humanas. Las decenas de miles de especies microbianas que se aglomeran en nuestro cuerpo condicionan la digestión, la complexión, la resistencia a las enfermedades, la visión o el estado de ánimo. Sin ellas, no nos sentiríamos del mismo modo; de hecho, no seríamos los mismos. Actualmente concebimos el yo biológico como un conjunto de comunidades intercomunicadas.

También estas se mezclan promiscuamente bajo las palmeras. Un grupo de investigadores de la Universidad canadiense de Waterloo, encabezado por Andrew C. Doxey, publicó en 2017 en mSystems un estudio según el cual el microbioma de una persona permite identificar a su pareja sexual en un 86 por ciento de casos. Las comunidades más similares entre los miembros de una pareja se hallan en los pies. En cambio, el microbioma de los muslos está más correlacionado con el propio sexo biológico que con la identidad de nuestra pareja.

Una parte del cuerpo, una alcantarilla, un vagón de metro, un aula... cualquier lugar con una comunidad característica, posee una cierta identidad genética. En tales comunidades, la información genética circula entre organismos individuales a través del sexo, la predación, la infección y la transferencia horizontal de genes. Estudios recientes muestran que las comunidades de microbios simbióticos de los mejillones de aguas profundas llegan a aislarse genéticamente, como las especies. En los hongos, los genes llamados Spok (por spore-killer, «destructores de esporas») fluyen y se recombinan entre especies por impulso meiótico (meiotic drive), un proceso genómico rápido que permite el cambio genético hereditario en respuesta a un entorno cambiante. La genetista Barbara McClintock ha descrito el genoma como un órgano sensitivo de la célula.

La epigenética ha difuminado aún más los límites del yo. Los mensajes codificados en el ADN pueden ser modificados de múltiples formas: mezclando y combinando módulos de ADN; ocultando fragmentos para que no sean leídos; o cambiando el mensaje una vez leído, alterando el significado durante la traducción. El ADN ha dejado de ser un texto sagrado que se trasmite fielmente de una generación a otra. Los últimos hallazgos presentan más bien al genoma nuclear como un conjunto heterogéneo de sugerencias, frases para viajar, sílabas y palabras sin sentido que pueden ser usadas y modificadas a voluntad. Más que la sede del yo, el genoma parece una caja de herramientas para configurar el yo. Si es así, ¿quién lo configura?

El yo distribuido

Los implantes cerebrales, las interfaces humano-máquina y otros dispositivos neurotécnicos introducen al yo en el «universo de las cosas». Neuralink, una empresa de Elon Musk con sede en San Francisco, California, quiere hacer realidad el sueño de una interfaz fluida entre mente y máquina, propio de la ciencia ficción. La inteligencia natural y la inteligencia artificial ya conviven y cabe pensar que un día puedan fusionarse.

Podemos preguntarnos si, más allá del yo extendido, puede hablarse de un yo distribuido. Philip Ball, divulgador científico y antiguo editor de Nature, cedió células epiteliales para que los investigadores las convirtieran en células madre, con el potencial para convertirse en cualquier órgano, y las cultivaran en forma de «minicerebro», un tejido neuronal capaz de generar los impulsos eléctricos característicos de las regiones del cerebro [véase «Cerebros creados en el laboratorio», por Jürgen A. Knoblich; Investigación y Ciencia, marzo de 2017]. Aunque están lejos de hacerse realidad, hay investigaciones en curso sobre otros temas clásicos de la ciencia ficción, como el cultivo de cerebros en placas de Petri o el de órganos humanos en animales de granja.

Autocontrol

Sin embargo, estas nociones ilustradas de la identidad y de un futuro posthumano propio de la ciencia ficción presentan un problema: han sido elaboradas por hombres con estudios universitarios, sin discapacidades, pertenecientes a las clases altas y medias de las naciones más ricas del Norte global. Sus ideas no reflejan solo sus hallazgos, sino también los valores que han dominado la ciencia durante demasiado tiempo: el positivismo, el reduccionismo y el control de la naturaleza. La historia la escribirá quien domine las técnicas de secuenciación.

Pero algo está cambiando. Aunque queda mucho por hacer, la atención a la igualdad, la inclusión y la diversidad ha empezado a transformar nuestras ideas sobre la salud, la enfermedad y el significado de ser humano. Es relevante saber que Henrietta Lacks, cuyas células cancerígenas fueron cultivadas y distribuidas sin su consentimiento por laboratorios de todo el mundo, era una afroamericana pobre. Su historia ha propiciado un intenso debate sobre la desigualdad y el sesgo en biomedicina, y ha tenido efectos sobre los procedimientos del mayor organismo de investigación biomédica de los Estados Unidos, los Institutos Nacionales de la Salud.

A través de su estudio de la genealogía genómica desde una perspectiva afroamericana, la socióloga Alondra Nelson ha revelado los emotivos esfuerzos de muchas familias por recuperar una historia compleja, perdida durante el Pasaje del medio (Middle Passage, la travesía entre África y América). La historiadora Kim TallBear ha mostrado que, en el seno de la comunidad nativa nortamericana, la identidad genética ha sido coproducida por la ciencia occidental y la cultura indígena. Las concepciones étnicas basadas en el ADN son problemáticas, pero las iniciativas para democratizar y hacer accesibles las tecnologías del yo, a fin de que favorezcan la autodeterminación en lugar del control social, son fundamentalmente liberadoras.

Esto es muy evidente en el caso de las personas discapacitadas que usan tecnologías de asistencia. Con ellas adquieren o recuperan modos de percepción, se comunican o expresan de nuevas formas, y amplían sus relaciones con el universo de las cosas.

La artista Lisa Park trabaja con estas ideas. A partir de la retroacción de técnicas sensoriales neurológicas, crea representaciones audiovisuales del yo. Cuando los visitantes de una exposición unen sus manos, aparece un árbol de luz; las ondas encefalográficas de Park resuenan armónicamente con las ondas en un depósito de agua; una «orquesta» de músicos cíborg, equipados con pulsómetros y sensores cerebrales, crean una música fascinante siguiendo las indicaciones de Park, la directora, quitándose vendas de los ojos, mirándose, riendo, tocándose o besándose. Pero incluso este sentido interactivo, artístico y subjetivo del yo está ligado a una identidad limitada por la biología.

Desde la Ilustración hemos definido y valorado la identidad humana a partir de los valores de la propia ciencia, como si solo ella pudiera decirnos quienes somos. Es una noción extraña y miope. Ante el colonialismo, la esclavitud, las epidemias de opiáceos, la degradación ambiental y el cambio climático, no es posible sostener que solo la ciencia y la tecnología occidentales son fuentes fiables de autoconocimiento. Ello no supone para nada culpar a la ciencia de la miseria humana. El problema no es la ciencia sino el cientificismo. Definir el yo exclusivamente en términos biológicos tiende a eclipsar otras formas de identidad, como el propio trabajo o rol social. Después de todo, puede que la respuesta a la cuestión fundamental de Huxley no sea un número.

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group.

 

PARA SABER MÁS

The incidence of alkaptonuria: A study in chemical individuality. Archibald E. Garrod en The Lancet, vol. 160, n.o 4137, págs. 1616-1620, diciembre de 1902.

Getting ahead of one’s self?: The common culture of immunology and philosophy. Warwick Anderson en Isis, vol. 105, n.o 3, págs. 606-616, septiembre de 2014.

Are we really vastly outnumbered? Revisiting the ratio of bacterial to host cells in humans. R. Sender, S. Fuchs y R. Milo en Cell, vol. 164, n.o 3, págs. 337-340, enero de 2016.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.