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El ascenso de los robles y las encinas

¿De qué modo evolucionaron los árboles del género Quercus hasta dominar los bosques del hemisferio boreal?

Angel, un ejemplar monumental de encina del sur (Quercus virginiana) ubicado en Johns Island, Carolina del Sur, tiene de 400 a 500 años de edad. [DAWNA MOORE, ALAMY]

En síntesis

Los árboles del género Quercus constituyen un grupo de gran diversidad y difusión, con una importancia esencial en los bosques donde habitan.

Los avances en el campo de la genómica han permitido reconstruir la historia evolutiva del género.

Los resultados condicionarán la gestión de los robledales y encinares a fin de asegurar su supervivencia ante el calentamiento del planeta.

Si fuésemos a parar a cualquier rincón de Norteamérica hace 56 millones de años, es probable que no reconociésemos el lugar. En los albores del Eoceno, la Tierra era más cálida y húmeda que en la actualidad. Un mar acababa de quedar encerrado en mitad de las Grandes Llanuras y las Montañas Rocosas no habían alcanzado toda su altura. Las comunidades animales y vegetales del continente eran radicalmente distintas. En el Ártico canadiense, cuya tundra acoge

hoy una escasa variedad vegetal, las temperaturas permanecían todo el año por encima del punto de congelación y sustentaban una flora abundante y diversa; la isla de Ellesmere, en el remoto norte de Canadá, frente al extremo noroccidental de Groenlandia, era el hogar de caimanes y de tortugas terrestres gigantes. Lo que hoy es el sudeste de Estados Unidos estaba cubierto de selvas tropicales habitadas por primates. Y en el noreste de ese país crecían bosques de árboles de hoja plana (latifolios) y perenne, o bien bosques de caducifolios como ginkgos, durillos (Viburnum), abedules y olmos, entre otras especies. Los bosques de latifolios caducos que, desde el norte de México, hoy cubren el 11 por ciento de Norteamérica estaban en su infancia. Pero todo estaba a punto de cambiar a raíz de la dispersión y la extraordinaria diversificación de las que acabarían conformando uno de los géneros de plantas leñosas de mayor importancia ecológica y económica del planeta: los árboles anemófilos y glandíferos del género Quercus, que vulgarmente llamamos robles o encinas.

Durante el transcurso de 56 millones de años, los representantes de este género evolucionaron a partir de una única población indiferenciada hasta convertirse en las aproximadamente 435 especies que pueblan hoy los cinco continentes, desde Canadá hasta Colombia y desde Noruega hasta Borneo. Son especies clave y sostienen el funcionamiento de los bosques que conforman en el hemisferio boreal. Fomentan la biodiversidad en las distintas ramas del árbol de la vida, desde los hongos a las avispas, las aves o los mamíferos. Además, depuran el aire, secuestran el dióxido de carbono y absorben los contaminantes atmosféricos. Y han modelado la cultura humana, al ofrecernos alimento con sus bellotas y madera para construir nuestras casas, muebles y barcos. Han resultado ser árboles tan valiosos para la humanidad que los hemos inmortalizado en leyendas y mitos desde hace siglos.

Los robles y las encinas son especialmente prominentes en el continente americano. Cerca del 60 por ciento de sus especies habitan en él. Esta asombrosa diversidad, sumada al hecho de que las especies de esta región representan más biomasa forestal que ningún otro género de plantas leñosas de Norteamérica y México, los convierte en el grupo arbóreo más importante de los bosques del continente. Para conocer en profundidad los bosques (la biodiversidad, las redes tróficas y su aportación al bienestar humano) se necesita saber cómo llegaron a predominar en ellos estos árboles. Décadas atrás solo se podía especular acerca de su historia evolutiva, debido a las lagunas en el registro fósil y las limitaciones de las técnicas biomoleculares con que se deducían los episodios evolutivos a partir del ADN de organismos actuales. Pero los recientes avances en la secuenciación y análisis de los genomas han permitido, a nuestros equipos y a otros, reconstruir un retrato minucioso del origen, la diversificación y la dispersión del género Quercus. La historia de estos árboles es un relato de notable éxito evolutivo, que tendrá repercusiones importantes a la hora de predecir su respuesta al cambio climático y elaborar planes de gestión que aseguren su supervivencia.

Rojos y blancos
Las diferencias entre los grandes grupos del género saltan a la vista hasta para un observador profano. En el continente americano dominan dos linajes evolutivos que quizás algún lector ya conozca. El grupo de los robles rojos (sección Lobatae) lo integran especies dotadas de hojas con lóbulos puntiagudos. En la mayoría de ellos transcurre un año desde que el polen se deposita en la flor femenina y fecunda la semilla hasta que el glande o bellota que constituye el fruto madura, ya en la temporada siguiente. Los miembros del otro gran linaje, el grupo de los robles blancos (sección Quercus), poseen hojas con lóbulos redondeados; estas, además, suelen contener más nutrientes que las de los rojos y fertilizan el suelo al caer. Las bellotas de los robles blancos prácticamente maduran sin excepción el mismo año en que la flor es polinizada, llegando en ocasiones a germinar en la misma rama. Las ardillas grises prefieren recolectar las bellotas de los robles rojos para su despensa invernal, pues es menos probable que se hayan echado a perder cuando regresen a por ellas.

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