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El estigma de la adicción

En contra de lo que dice la ciencia, muchos creen que las adicciones son señal de debilidad moral.

MARÍA HERGUETA

El alcoholismo y las toxicomanías matan a decenas de miles de personas al año y arruinan la vida de muchas más. Disponemos de tratamientos eficaces, como los medicamentos contra los trastornos relacionados con el consumo de alcohol y opiáceos, que podrían evitar un porcentaje notable de esas muertes. Sin embargo, no se utilizan lo suficiente y, en muchos casos, las personas a quienes podrían beneficiar ni siquiera acuden en su busca. Entre los principales motivos está el estigma en torno a las adicciones.

La estigmatización es un problema asociado a diferentes enfermedades, desde el VIH hasta los trastornos mentales, pero es especialmente cruel en los trastornos por consumo de drogas. Aunque hace mucho tiempo la medicina llegó al consenso de que las adicciones constituyen una alteración cerebral compleja, se sigue culpando a las personas que las sufren. La población general, así como muchos trabajadores de los ámbitos sanitario y judicial, continúan viendo la adicción como una endeblez moral y un defecto del carácter.

En la esfera sanitaria, si se culpa a los pacientes de sus problemas con el alcohol o las drogas, se corre el riesgo de prestarles una atención deficiente e incluso de rechazar a los que necesitan tratamiento. En las urgencias, por ejemplo, las personas con adicciones pueden toparse con un muro de desprecio si los profesionales consideran que tratar los problemas de drogas no forma parte de su trabajo. Así es como se expulsa a las personas que presentan signos de embriaguez o síntomas de abstinencia, ya sea porque los trabajadores les tienen miedo o porque sospechan que están allí para pedir más drogas. Las personas con adicciones pueden interiorizar el estigma y la vergüenza y negarse a buscar el tratamiento que necesitan.

En un viaje a Puerto Rico que hice hace años, visité en San Juan un «narcopiso», un local improvisado por los toxicómanos, donde un hombre se pinchaba heroína en la pierna, que tenía muy infectada. Le insté a que fuese a urgencias cuanto antes, pero en veces anteriores le habían humillado de tal forma que prefería hacer peligrar su vida, o arriesgarse a que le amputaran una pierna, con tal de no pasar de nuevo por ese trance.

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